Traed el sol y dejad lo demás como estaba
Volver a una isla no siempre es repetir viaje. A veces cambia la zona, baja el volumen y, aun así, algo familiar vuelve a colocarse delante con otra música y otro horario.
Un año más hemos vuelto a Mallorca.
Lo escribo y ya me suena a frase de persona insoportable, de esas que parecen redactadas desde una tumbona con la indignación justa. Pero uno llega a cierta edad y empieza a quejarse de cosas diminutas con una convicción que debería reservarse para asuntos bastante más importantes.
No veníamos a eso. O no solo a eso, que tampoco conviene hacerse el digno a estas alturas.
Hemos venido los cuatro, en familia, a Alcúdia. Otra zona, otro ritmo y una Mallorca distinta. El año pasado estuvimos en Magaluf, así que tampoco vamos a fingir ahora que hemos descubierto la presencia británica en la isla como quien encuentra una cala secreta detrás de unas rocas. Allí lo británico no aparecía como idioma invitado, sino como parte del mobiliario urbano.
Esta vez el plan era más tranquilo. O esa era la intención, que siempre es una forma elegante de empezar a equivocarse.
Tocaba familia, silencio relativo, piscina, paseos, niñas entrando y saliendo del agua, conversaciones sin demasiado plan y esa forma rara de descanso que aparece cuando nadie espera nada de ti durante unas horas. También tocaba venir casi de puntillas, sin avisar demasiado, porque hay vacaciones que empiezan justo cuando dejan de parecer una agenda con mejor paisaje.
O eso creíamos.
Porque uno puede elegir la zona, pero no siempre elige la lógica del lugar en el que acaba metido. Alcúdia no es Magaluf. Pasamos de una versión más callejera y pasada de vueltas a otra más familiar, más ordenada y más de hotel. Menos grito en la acera y más micrófono en el salón. Menos noche desbordada y más cartón de bingo.
Porque sí, esta vez la postal ha venido con bingo.
Estamos en un hotel orientado al público británico con una claridad que no necesita folleto. Hay lugares en los que uno tarda poco en entender quién marca el paso, y aquí no lo marca la isla, ni el mar, ni ninguna fantasía mediterránea de postal. Lo marca quien ha decidido que cenar a las seis y media es una forma perfectamente razonable de seguir vivo.
Lo descubres en detalles pequeños, que suelen contar la verdad antes que los carteles. Los horarios de cena tienen una lógica que en mi casa provocaría una reunión familiar previa. Las pantallas saben perfectamente qué deportes importan. La música aparece cada tarde con la seguridad de quien no necesita pedir permiso. Y, cuando cae la noche, el salón se convierte en una plaza mayor con moqueta, micrófono y un entusiasmo perfectamente organizado.
El bingo no es una actividad menor, puesta para justificar que por la noche también pasan cosas. Es bingo de verdad, con cartones preparados y una concentración que no hemos conseguido jamás en una junta de propietarios. La gente se sienta, escucha, marca, espera y participa con una seriedad impecable. No hay veinte conversaciones cruzadas, nadie pregunta si eso ya se habló el año pasado y, cuando se canta un número, se actúa.
Igual deberíamos probarlo en las juntas. “Línea para el del 4B, que aprueba el cambio de bajante”. Lo dejo aquí, que luego alguien lo patenta y acabamos modernizando la administración de fincas por accidente.
A pocos metros están las máquinas. Luces, sonidos, pantallas, botones, esa alegría eléctrica de sitio que promete poco pero insiste mucho. No es exactamente un casino ni una sala recreativa de las de antes, sino una presencia asumida, casi doméstica. Como si entre el futbolín, el dispensador de agua y el señor que baja al bar con la camiseta de su equipo, aquello fuese otra pieza natural del descanso. Lo curioso no es que existan, sino que nadie parece extrañarse de que estén ahí.
Entonces lo entiendes.
Traed el sol y dejad lo demás como estaba.
La isla aparece, por supuesto. Sería imposible ocultarla del todo. Está en la luz, en el calor, en las palmeras, en ese aire que te pega en la cara cuando sales del edificio y te recuerda que fuera hay verano de verdad. Pero dentro del hotel Mallorca queda a una distancia prudente. No desaparece. Solo se convierte en un fondo amable, disponible para cuando apetezca salir un rato y hacerse una foto que confirme que, técnicamente, uno ha viajado.
Eso funciona porque no siempre queremos una aventura. A veces queremos descansar dentro de algo que ya entendemos. Cambiar el paisaje, sí, pero no todo el idioma de las costumbres. Que haya piscina, sol y una sensación razonable de escapada, pero también horarios reconocibles, comida sin demasiada negociación y entretenimiento que no obligue a preguntar qué demonios está pasando.
Aquí conviene guardar la piedra antes de lanzarla.
Es muy fácil mirar a los británicos con su bingo, sus pantallas y sus rutinas exportadas y pensar que han venido hasta Mallorca para seguir haciendo lo mismo que harían allí, solo que con más sol y menos calcetines (aunque algunos calcetines parecen formar parte de la anatomía del veraneante). Seguramente hay algo de eso, claro. Pero nosotros hacemos lo mismo con otras cosas, solo que preferimos llamarlas criterio, preferencias o sentido común, que siempre viste más que manía.
Nos creemos viajeros de mirada amplia hasta que el café sabe a calcetín mojado. Ahí se termina la antropología, la curiosidad cultural y cualquier fantasía de apertura al mundo. Uno puede tolerar muchas diferencias, pero no todas antes de las nueve de la mañana. Queremos descubrir culturas, pero si nos ponen a cenar a las seis y media nos entra una tristeza administrativa difícil de explicar. Nos gusta pensar que improvisamos, aunque luego organicemos el día alrededor de encontrar un sitio donde comer algo que no obligue a explicar a las niñas que aquello también es una experiencia.
Las costumbres de cada uno viajan con discreción. Las nuestras huelen a café decente, a cena tarde, a sobremesa que se alarga, a “vamos a dar una vuelta” aunque nadie tenga muy claro para qué y a niñas despiertas cuando en otros países ya estarían archivadas. Las de otros llevan cerveza temprana, deporte en pantalla, bingo con parroquia y una fe admirable en el entretenimiento organizado.
Y tampoco pasa nada por admitirlo, porque viajar cansa aunque suene mal decirlo. Cansa decidir dónde ir, qué comer, qué ver, cuánto andar, dónde aparcar, si merece la pena esa cala, si el camino es para ir con chanclas o para replantearse varias decisiones vitales. Cansa negociar con la familia, con el calor y con esa persona que siempre dice “está aquí al lado” justo antes de una cuesta. Esa persona existe en todos los grupos y debería cotizar como deporte de riesgo.
Así que entiendo bastante bien que alguien baje por la noche, se siente en una silla conocida, escuche números cantados y descanse dentro de algo que ya entiende. Hay días en los que la diferencia entre una experiencia cultural y una molestia innecesaria depende solo del cansancio acumulado y de si has conseguido cenar algo que no venga con explicación previa.
No necesito decidir si todo eso es bueno, malo, cutre o entrañable. Probablemente sea varias cosas a la vez, según la hora y el volumen del micrófono. Me basta con mirar un rato la escena: el salón lleno, los números sonando, las máquinas al fondo y la gente participando como si aquello no necesitara explicación.
Lo del comedor lo dejamos para otro día. Ahí ya no hablamos solo de costumbres que viajan, sino de platos imposibles, montañas de comida y esa extraña psicología humana que aparece cuando alguien nos dice que podemos coger todo lo que queramos. Pasa lo que pasa, y merece capítulo propio.
Mientras tanto, nosotros seguimos mirando la escena desde fuera. O eso creemos, porque esa es la trampa: uno cree que observa las rarezas ajenas, pero casi siempre lo hace desde las propias.
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