Levantar la mesa a tiempo

Hay proyectos que no se paran porque hayan salido mal, sino cuando todavía funcionan y seguimos disfrutándolos. Lo difícil es aceptar que cumplir un objetivo y seguir empujándolo no siempre son la misma cosa.

Levantar la mesa a tiempo
Photo by Intrepid / Unsplash

Desde hace unos meses mantengo, fuera de idar, otro pequeño proyecto que algunos habréis visto aparecer de vez en cuando por aquí. En entrevistas.afcolegiado.com he ido reuniendo conversaciones con compañeros de profesión alrededor de una mesa de desayuno que, aunque casi siempre existe más en nuestra imaginación que en un bar concreto, me ha servido como excusa para conocer cómo trabajan otras personas, de dónde vienen, qué les preocupa y qué pequeñas particularidades hay detrás de eso tan genérico que solemos resumir diciendo que alguien se dedica a la administración de fincas.

La mecánica era bastante sencilla. Cada semana intentábamos publicar una entrevista y, unos días después, un bonus nacido de alguna idea que hubiese quedado flotando en aquella conversación, llevándola por otro camino para que no fuese simplemente una prolongación de las mismas preguntas. Cuando empezamos nos propusimos 52 entrevistas y 52 bonus, una pareja por cada semana del año, porque sobre el papel un año tiene 52 semanas perfectamente ordenadas y las personas, por supuesto, disponemos de tiempo, ganas y una agenda que respeta escrupulosamente los planes que hacemos en enero.

Luego llega la realidad, que tiene bastante menos respeto por nuestras hojas de cálculo.

El domingo 6 de septiembre se ha publicado la última entrevista de esta primera temporada y el miércoles 9 llegará el último bonus, con lo que la cuenta se quedará en 28 entrevistas y 28 bonus. No hemos llegado a las 52 parejas que nos habíamos propuesto y, aun así, me cuesta bastante mirar esos 28 desayunos y considerar que nos hemos quedado cortos, porque detrás de esa cifra hay 28 personas que han dedicado parte de su tiempo a contar cómo entienden su trabajo y otras tantas ideas que después han seguido su propio camino.

He disfrutado mucho haciéndolas y, sobre todo, he aprendido bastante más de lo que esperaba cuando empezamos. A veces el aprendizaje estaba escrito de forma muy clara en una respuesta, pero otras aparecía en una frase aparentemente secundaria, en algo mencionado de pasada o incluso en aquello que no terminaba de contarse pero se dejaba entrever lo suficiente para que siguiese rondándome la cabeza después. De ahí han nacido muchos de los bonus, no porque pretendiese interpretar a quien tenía delante, sino porque las conversaciones interesantes suelen tener la mala costumbre de continuar cuando ya se han terminado y, unas horas después, descubres que aquello que parecía una respuesta hablaba en realidad de algo bastante más grande.

Durante estos meses también han ocurrido un par de cosas que me han hecho especial ilusión. Dos de las entrevistas nacieron de personas que quisieron participar por voluntad propia, sin que yo las conociese previamente y sin que hubiese aparecido antes en su correo para invitarlas a sentarse a la mesa.

La primera fue, además, la que me hizo ver que estaba planteando el proyecto de una forma demasiado cerrada. Hasta entonces era yo quien pensaba en alguien, preparaba la invitación y decidía a quién intentar traer después, pero si una persona había llegado por su cuenta quizá tenía sentido dejar una puerta abierta para que otras pudieran hacer lo mismo. De ahí nació la página para participar en las entrevistas, que seguirá abierta durante esta pausa para cualquiera que quiera apuntarse y dejar su silla preparada para cuando llegue la segunda temporada.

La segunda experiencia fue diferente y quizá por eso me gustó todavía más. Otro compañero se apuntó sin que nos conociésemos, publicamos su entrevista y, pasado un tiempo, me escribió para contarme qué le había parecido el resultado y cómo había vivido todo aquello desde su lado. Puede parecer un detalle pequeño, pero cerraba un círculo curioso: alguien llega porque quiere, confía su historia a un formato que no conoce del todo, la ve convertida después en un artículo y vuelve para contar cómo se ha visto reflejado en él.

Nada de eso aparece en el panel de gestión de las entrevistas, claro, porque los paneles tienen una notable facilidad para contar lo que se puede convertir en una cifra y bastante poca para explicar lo que realmente importa.

Lo que sí aparece en ese panel es la otra parte del proyecto, la menos vistosa, porque para conseguir llegar hasta esas 28 entrevistas también he mandado invitaciones, comprobado quién había respondido, recordado encuestas pendientes, ampliado fechas y vuelto a escribir a personas que, por las razones perfectamente normales que todos tenemos, habían dejado aquello para más adelante. Llegué incluso a construir una sección específica para saber a quién debía enviar cada recordatorio, lo que tiene cierta gracia si pensamos que había montado una serie para escuchar a personas y terminé desarrollando un sistema para organizar cómo perseguirlas con cierta eficiencia.

Y ahí es donde me he cansado.

No de las entrevistas, ni de leerlas, ni de preparar los bonus, sino de esa necesidad de tirar constantemente para que algo voluntario siga avanzando. Tampoco hay ningún reproche escondido en esta frase, porque nadie me debe una entrevista por haber aceptado una invitación y entiendo perfectamente que algo que parecía fácil un martes termine debajo de una junta, una urgencia, la familia o simplemente las ganas de hacer cualquier otra cosa cuando por fin llega un rato libre.

Precisamente por eso, quienes tienen una invitación aceptada o una entrevista empezada no tienen que hacer nada especial. Sus respuestas seguirán allí y los esperamos en la segunda temporada, que empezará cuando tenga sentido empezar y no porque una fecha escrita meses antes diga que toca hacerlo. Si durante los próximos meses terminan las entrevistas que están pendientes, llegan nuevas personas a través de la página de participación y conseguimos reunir material suficiente para otra tanda de conversaciones, volveremos a poner el café.

También me llevo algún aprendizaje bastante más práctico que, como suele ocurrir con las ideas realmente útiles, se me ha ocurrido cuando ya habría venido estupendamente saberlo. En muchas entrevistas he pedido a los participantes que me recomendasen compañeros a los que merecería la pena sentar después a la mesa; ellos me daban nombres, yo los apuntaba y posteriormente escribía a esas personas explicando quién era, qué estaba haciendo y quién había pensado en ellas.

Ahora creo que tendría que haberlo hecho justo al revés, preparando los enlaces de invitación y entregándoselos a quien había hecho la recomendación para que fuese esa persona quien los enviase. Probablemente habría sido más efectivo y, de paso, me habría ahorrado parte del trabajo, porque no es lo mismo recibir un correo mío diciendo que alguien me ha hablado de ti que recibir un mensaje de alguien a quien conoces diciéndote que cree que deberías sentarte allí. La confianza pierde bastante cuando intentamos desmontarla, transportarla y volverla a montar al otro lado.

Queda apuntado para la siguiente temporada, junto a unas cuantas cosas más que ahora parecen evidentes y que hace unos meses no lo eran.

Mientras tanto tampoco parece que vaya a quedarme sin material con el que entretenerme, porque en idar tengo una colección cada vez más respetable de posts esperando revisión que, por algún motivo difícil de justificar, nunca terminan de estar suficientemente listos para publicar. Resulta curioso que haya conseguido sacar adelante 28 entrevistas, otros tantos bonus, formularios, invitaciones y un panel para gestionarlo todo mientras varios textos llevan meses mirándome desde una carpeta y yo sigo encontrando razones impecables para no pulsar el botón de publicar, así que quizá esta pausa sirva también para descubrir qué demonios estaba esperando.

O quizá sigan allí unos meses más, que tampoco conviene convertir ahora este párrafo en otra promesa.

Antes de recoger la mesa sí quiero dar las gracias a todos los que han formado parte de esta primera temporada, y no solo a quienes llegaron hasta la última respuesta. Gracias a quienes aceptaron una invitación, a quienes empezaron y todavía tienen su entrevista esperando, a quienes la terminaron, a quienes recomendaron compañeros, a quienes llegaron por iniciativa propia y, por supuesto, a todos los que habéis leído las entrevistas y después habéis vuelto a por los bonus, porque sin alguien al otro lado todo esto habría sido únicamente una base de datos bastante elaborada y un señor extrañamente satisfecho viendo cómo cambiaban de estado unas cuantas casillas.

Nos propusimos 52 y nos quedamos en 28, pero podría seguir enviando invitaciones, insistiendo y ampliando plazos hasta completar aquella cifra simplemente porque un día decidimos que ese era el objetivo. Seguramente terminaríamos llegando, aunque sospecho que por el camino también conseguiría algo bastante menos interesante: dejar de disfrutar de un proyecto con el que he disfrutado mucho.

Y quizá esa sea precisamente la razón por la que toda esta historia termina convertida en un post de idar.

No todo lo que funciona necesita seguir funcionando sin descanso. Hay veces en que cuidar algo consiste en saber apartarlo antes de que la obligación se coma las ganas que hicieron que empezase, incluso aunque los números digan que todavía podríamos seguir un poco más.

El miércoles publicaremos el último bonus de esta primera temporada y después dejaremos que la mesa se quede tranquila durante un tiempo. Las sillas seguirán allí, la puerta también y, cuando volvamos a tener suficientes historias que merezcan sentarse alrededor, volveremos a poner el café.

No hace falta decidir hoy cuándo.