No es lo mismo ir que estar
Hay cosas que dejas de hacer y, con el tiempo, casi dejas también de echarlas de menos. Hasta que un domingo cualquiera vuelves a hacerlas y recuerdas que no era exactamente la moto lo que faltaba.
Era domingo, una mañana de julio, y tocaba ir al gimnasio como parte de esa rutina que acompaña mis días. Hasta ahí, el material no daba para un post.
Podía haber ido andando, en transporte público o en coche, que habría sido lo normal, pero al salir estaba la moto de mi mujer y pensé que podía bajar con ella. Así, sin más. Bueno, sin más tampoco, porque si hubiese sido realmente un gesto sin importancia seguramente no estaría escribiendo sobre él unos días después.
Me puse el casco, los guantes, giré la llave y salí. Lo primero que me sorprendió fue que no tuve que pensar demasiado. La Fiddle no es mi moto y hay pequeñas diferencias, claro, pero las manos fueron a su sitio, la mirada volvió a los espejos y el cuerpo hizo eso que hacen los cuerpos cuando llevan años aprendiendo algo y luego nadie se ha molestado en borrar el archivo.
Yo, en cambio, sí estaba algo más pendiente de la cuenta. Del acelerador, de cómo apoyaba la pierna, de la primera rotonda, de los coches que tenía alrededor. Nada especialmente dramático, simplemente esa atención que prestas cuando haces de nuevo algo que antes hacías sin pensar. En la segunda rotonda ya iba bastante menos pendiente de mí y bastante más de lo que tenía delante, que es como se supone que hay que conducir y además suele ayudar bastante a no acabar teniendo problemas.
Que, por cierto, de eso venimos: hacía 838 días que no cogía una moto. Desde el accidente.
Primero no podía, eso no admite demasiada discusión. Después vinieron la recuperación, la pierna, volver a caminar con normalidad, volver al gimnasio, conducir, viajar y todas esas cosas que poco a poco fueron regresando a su sitio. La moto, sin embargo, se quedó fuera y tampoco recuerdo en qué momento exacto el «todavía no» pasó a convertirse simplemente en no cogerla.
Supongo que ocurre con muchas cosas. Dejas de hacerlas por una razón concreta y, cuando esa razón empieza a perder peso, descubres que la ausencia ya ha construido su propia rutina. No hay una decisión concreta. Un día enlaza con otro, aparece siempre una alternativa más cómoda y acabas acostumbrándote. En mi caso, además, esa alternativa tenía cuatro ruedas, aire acondicionado y un argumento bastante difícil de discutir.
Durante estos dos años he conducido mucho en coche y me gusta. Mucho, además. Es práctico, cabe todo y en verano te permite atravesar Zaragoza sin llegar a tu destino con la sensación de haber sido horneado a baja temperatura. Siempre habría dicho que el coche me da comodidad, pero aquella mañana, mientras bajaba al gimnasio, pensé que quizá la palabra correcta era confort.
Porque no es solo que resulte cómodo. Entras, cierras la puerta, regulas la temperatura, pones música o un pódcast y todo lo que ocurre fuera se queda un poco más lejos. El ruido, el calor, el aire, incluso el propio camino. Puedes hacer el mismo recorrido cientos de veces y llegar sin recordar una sola cosa de lo que ha pasado entre medias, y tampoco pasa nada. A veces eso es exactamente lo que quieres: llegar, sin más historias.
La moto es bastante peor haciendo todo eso. En julio tienes calor, en invierno frío y durante todo el año conviene asumir que hay conductores que utilizan el intermitente con el mismo criterio con el que otros guardan la cubertería buena: saben que existe, pero prefieren reservarlo para ocasiones especiales. Además tienes que prestar atención al suelo, al tráfico, a lo que ocurre delante y a lo que puede ocurrir dentro de tres segundos. No hay demasiado margen para ir pensando en otra cosa y, quizá precisamente por eso, ahí empezó a aparecer la sensación que había olvidado.
No fue de golpe ni hubo ningún momento especial. Simplemente dejé de estar pendiente de si podía conducir una moto y empecé a conducirla. Noté el aire, el ruido del motor, el cuerpo acompañando los giros y la calle de una manera que desde dentro del coche había ido desapareciendo de mi día a día.
La distancia seguía siendo ridícula, seguía yendo al gimnasio y seguía montado, además, en la Fiddle de mi mujer y no en mi Jet. Eso podría parecer importante si lo que echase de menos fuese mi moto, pero no era eso. Lo que había echado de menos era esa sensación.
Durante mucho tiempo habría dicho que la moto me gustaba porque es ágil, porque para la ciudad resulta práctica o porque puedes moverte con una facilidad que el coche no tiene. Todo eso sigue siendo cierto, pero aquella mañana apareció otra explicación bastante más sencilla.
El coche te da confort, la moto da libertad.
Ya sé que escrito así suena a anuncio de una marca de motos y que ahora tocaría una carretera vacía, alguna montaña y un señor con una chaqueta estupenda mirando al horizonte. Pero mi libertad aquel domingo tenía dos rotondas, algún semáforo y terminaba en el aparcamiento del gimnasio. Tampoco necesitaba más.
Porque no era una libertad relacionada con ir lejos, ni con ir rápido, ni siquiera con poder hacer algo que en coche no pudiera hacer. Era mucho más pequeña que todo eso: volver a notar el trayecto, estar pendiente de dónde estaba y no únicamente del sitio al que iba y, sobre todo, disfrutarlo otra vez.
Creo que eso último es lo que me faltaba entender cuando pensaba alguna vez en volver a coger la moto. Lo había convertido mentalmente en algo más importante de lo que necesitaba ser. Mi moto, el accidente, cómo respondería la pierna, si me sentiría seguro... demasiadas cosas alrededor de algo que antes consistía simplemente en coger unas llaves, ponerse un casco y salir.
Al final fue mucho más sencillo. Cogí la moto de mi mujer y bajé al gimnasio.
Cuando llegué, aparqué, guardé los guantes y entré a hacer los deberes. No había nada que celebrar ni ninguna conclusión especial que sacar y, de hecho, a la vuelta ocurrió algo todavía mejor: no pensé prácticamente en ello. Arranqué y volví a casa.
Quizá ahí esté la parte que más me gusta de toda esta historia. No en haber vuelto a montar después de 838 días, porque dicho así parece que debería haber una medalla en algún sitio, sino en que durante el camino de vuelta el accidente dejó de formar parte del trayecto. Ya no estaba comprobando cómo iba la pierna, ni pensando cuánto tiempo había pasado, ni preguntándome qué estaba sintiendo. Estaba conduciendo.
Supongo que esa es una forma bastante buena de recuperar algo. No volver exactamente a donde estabas antes, ni fingir que lo ocurrido no ocurrió, sino conseguir que deje de ocupar todo el espacio cada vez que haces algo relacionado con ello.
Seguramente seguiré utilizando mucho más el coche. El aire acondicionado mantiene intacta su capacidad de persuasión y tampoco pienso convertir ahora la moto en una obligación, porque sería una manera bastante curiosa de entender la libertad. Pero aquel domingo, durante unos pocos minutos, recordé algo que llevaba demasiado tiempo fuera de mi rutina.
En el coche voy.
En la moto estoy.
Podríamos dejarlo aquí.
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