Septiembre, como siempre

Hay quien empieza el año en enero. Por aquí hace tiempo que sabemos que no. Septiembre devuelve los horarios, los colegios, las actividades y esa costumbre de pensar qué hacemos con el curso que empieza. Este año parecía que iba a ser fácil.

Septiembre, como siempre
Photo by Marek Piwnicki / Unsplash

Los habituales de este sitio ya sabéis que yo suelo hacer las cuentas del año de septiembre a septiembre. No tengo nada especialmente personal contra enero, pero es ahora cuando vuelven los colegios, las actividades, los horarios y esa pequeña obra de ingeniería doméstica consistente en lograr que cada uno esté donde tiene que estar cuando tiene que estar, así que a estas alturas tampoco vamos a discutir otra vez cuándo empieza realmente el año.

Durante mucho tiempo, además, el propósito para el curso que empezaba tampoco necesitaba demasiada imaginación, consistía básicamente en llegar con la suficiente batería hasta las vacaciones y, una vez allí, empezar a calcular cuánto faltaba para las siguientes... Navidad, Semana Santa, verano y otra vez septiembre, en una sucesión bastante sencilla que funcionó razonablemente bien hasta que hubo un año en el que las vacaciones dejaron de ser la referencia.

Después del accidente, el objetivo era bastante más fácil de explicar y bastante más difícil de conseguir: volver a andar. Durante meses caminar, subir unas escaleras, entrar en un coche o recorrer una distancia que antes ni siquiera habría considerado un paseo daban trabajo suficiente como para ser un propósito en si mismo, cuando todo empezó poco a poco a volver a la normalidad, la siguiente cuestión apareció casi sola.

Ya no bastaba con poder moverme, ahora había que intentar moverse más y hacerlo mejor, recuperar fuerza, movilidad y cierta confianza en un cuerpo al que durante bastante tiempo había tenido que prestar demasiada atención. Así volvió el gimnasio y, después, casi sin saber cómo llegó el yoga, un día a la semana, con esa curiosa capacidad que tiene para demostrarte que algunas posturas aparentemente sencillas pueden poner en duda varias decisiones tomadas durante los últimos casi cincuenta años.

Este septiembre la idea era mantenerlo. Seguir con el gimnasio, reservar ese día para yoga y no complicarnos demasiado más, que tampoco es obligatorio estrenar un propósito simplemente porque haya empezado el curso.

Fue entonces cuando me di cuenta de que quizá llevábamos varios años contando mal esta historia, porque en realidad ninguno de aquellos retos había sustituido al anterior. Volver a andar acabó llevándome a querer moverme mejor, aquello me devolvió al gimnasio y el yoga encontró después su sitio sin que lo demás desapareciese. Cada año parecía empezar con algo nuevo, pero lo interesante era precisamente lo que conseguía permanecer hasta el siguiente.

Con eso ya tenía bastante para este año, pero los horarios familiares han cambiado ligeramente, lo que hasta ahora era una rutina sin demasiada complicación, recoger a las chicas en el colegio, dejarlas en el entrenamiento, llegar a casa, hacer algo y volver se ha convertido en un trayecto hasta la otra punta de la ciudad.

La obligación en el calendario es la misma, pero la distancia cambia bastante las cosas. Antes podíamos dejarlas y volver a casa; ahora no tiene demasiado sentido cruzar la ciudad, regresar y salir otra vez poco después, así que mientras la pequeña está en taekwondo yo iba a tener que quedar allí.

Podría llevarme el ordenador, claro. Trabajo siempre hay y basta abrir la tapa para encontrar algo que contestar, revisar o terminar, pero antes de convertir aquellas dos tardes en otras dos horas sentado delante de una pantalla decidí preguntar qué podía hacer yo mientras ella estaba en clase.

Y resultó que a esa hora había boxeo, lo cual casi que me alivia porque imagina que hubiesen sido acrobacias circenses... entonces seguramente estaríamos escribiendo otro tipo de artículo.

Ha pasado la primera semana, llevamos dos clases y creo que ya puedo sacar una conclusión razonablemente fiable: me sobran aproximadamente ... unos veinte años. Coordinar los pies, mantener la guardia, recordar una combinación y conseguir que las manos hagan lo que acabas de intentar entender mientras procuras seguir respirando tiene bastante más dificultad de la que aparenta cuando estás mirando desde fuera.

Además, después de dos clases puedo decir que soy objetivamente malo, lo cual tampoco debería sorprender a nadie, pero me ha hecho pensar en algo que no esperaba cuando pregunté qué había a esa hora.

Con los años acabamos dedicando buena parte de nuestro tiempo a cosas en las que sabemos desenvolvernos. El trabajo ocupa una parte importante del día y, por definición, llevas años haciéndolo; las aficiones suelen ser precisamente esas actividades que se han ido quedando; incluso cuando vas al gimnasio sabes más o menos qué hacer, qué puedes pedirle al cuerpo y qué ejercicio conviene evitar si al día siguiente quieres levantarte de la cama sin cierta dificultad.

Por eso tiene algo extraño decidir voluntariamente que vas a reservar una parte de la semana para algo en lo que no sabes hacer prácticamente nada. Llegas, miras cómo lo hacen los demás, intentas imitarlo y descubres que mientras estás pendiente de los pies te olvidas de las manos, cuando consigues colocar las manos has perdido la guardia y, para cuando recuerdas todo lo anterior, alguien te explica que también estaría bien respirar.

Hace veinte años seguramente mi cuerpo habría llevado bastante mejor todo esto, pero no sé si entonces habría decidido dedicar tiempo a algo en lo que empezaba desde cero y se me daba francamente mal. No porque tuviera menos tiempo, porque el día seguía durando veinticuatro horas, sino porque lo decidía dedicar a otras cosas y probablemente habría encontrado pocas razones para reservar una parte de mi tiempo a sentirme torpe durante una hora.

En cambio, ahora he decidido hacerlo y el hecho de que tenga que estar allí mientras mi hija practica taekwondo simplemente ha terminado de ponérmelo fácil.

Quizá por eso estos días me ha vuelto a la cabeza aquella frase atribuida a Theodore Roosevelt sobre hacer lo que puedas, con lo que tengas allí donde estés que normalmente usamos como una forma de apañarse cuando las circunstancias no son las que querríamos, pero también puede leerse de una manera bastante más mundana: las circunstancias ponen unas cuantas cartas sobre de la mesa y después nosotros decidimos qué hacemos con ellas.

Yo no he elegido que dos tardes a la semana la clase de taekwondo esté en la otra punta de la ciudad, pero sí puedo decidir qué hago mientras estoy allí. Podría trabajar, leer, no hacer nada o ponerme unos guantes y pasar una hora intentando que cuatro extremidades obedezcan instrucciones aparentemente sencillas.

De momento he elegido los guantes.

Y quizá el reto de este año termine siendo ese, aunque no exactamente el boxeo. Más bien dedicar voluntariamente tiempo a algo que no parece hecho para mí, en lo que soy completamente nuevo y en lo que durante una buena temporada voy a ser bastante malo, sin que eso sea una excusa para dejar de hacerlo.

El próximo septiembre veremos qué ha quedado de todo esto. El yoga debería seguir ahí, el gimnasio también y espero que caminar siga siendo simplemente caminar, sin necesidad de dedicarle ningún pensamiento especial.

Los guantes ya veremos.

Al fin y al cabo, esa parece ser la gracia de empezar el año en septiembre: no saber tanto qué vas a añadir, sino descubrir doce meses después qué cosas se han quedado.