Una forma bastante rara de saber si vas bien
Cuando dedicas mucho tiempo a una idea resulta difícil saber si has encontrado un problema que merece la pena resolver o si simplemente has aprendido a verlo en todas partes. A veces hace falta que alguien llegue por su cuenta a un lugar parecido para recuperar un poco de perspectiva.
Este fin de semana tuvo lugar un evento al que me habría gustado ir, pero la agenda no me lo permitió. Como no pude estar allí, me tocó enterarme después a través de varias personas que sí asistieron y que fueron dejando impresiones, comentarios y alguna referencia en las conversaciones, hasta que en una de ellas salió el nombre de uno de los ponentes y me dio por buscar un poco más.
A estas alturas tampoco puedo fingir sorpresa por lo que vino después, porque una referencia lleva a otra y, cuando quieres darte cuenta, lo que iba a ser una consulta rápida se ha convertido en unas cuantas pestañas abiertas y un buen rato leyendo, algo que entra dentro de lo habitual en mi caso. Lo que no esperaba era la sensación que fue apareciendo mientras avanzaba: reconocía el terreno.
No estaba viendo nuestro trabajo hecho por otra persona ni encontrando una respuesta idéntica a la nuestra, porque lo que reconocía era algo anterior, una preocupación que llevaba meses rondándonos y que, de pronto, aparecía también fuera de nuestras conversaciones. Alguien con otra experiencia, que había llegado por otro camino, había considerado que merecía la pena detenerse en aquello, y ese simple hecho me resultó más interesante que cualquier coincidencia concreta.
Cuando llevas mucho tiempo dándole vueltas a una idea, la perspectiva se va deformando sin que te des demasiada cuenta. Al principio necesitas explicar por qué aquello importa, qué intentas resolver y por qué has decidido hacerlo de una determinada manera; meses después has hablado tantas veces del asunto, has corregido tantas cosas y has tomado tantas decisiones que cuesta recordar cómo lo veías antes de empezar. Lo que nació como una hipótesis pasa poco a poco a formar parte del paisaje y algunas conclusiones dejan incluso de parecer conclusiones porque llevas demasiado tiempo conviviendo con ellas.
Ahí aparece una trampa fácil de reconocer en el trabajo ajeno y mucho más difícil en el propio: puedes acabar confundiendo haber entendido bien una cuestión con haberte acostumbrado a tu forma de explicarla. No hace falta haber montado nada especialmente grande para que ocurra; basta con invertir suficientes horas para ir construyendo una lógica interna en la que cada decisión encaja con la anterior y todo empieza a parecer razonablemente coherente, aunque esa coherencia no obligue al mundo a darte la razón.
Puedes haber pensado algo hasta el último detalle, haber encontrado respuesta para casi todas las objeciones y haber conseguido que el conjunto encaje estupendamente, para descubrir después que aquello que tanto te preocupaba solo tenía exactamente esa forma dentro de tu cabeza. Supongo que por eso con el tiempo he empezado a desconfiar un poco de la obsesión por la originalidad, sobre todo cuando la utilizamos como prueba de que una idea merece la pena.
Nos gusta contar que nadie está haciendo algo parecido porque suena a haber llegado antes. Tiene algo agradable imaginar que has visto una necesidad que los demás todavía no han detectado y que tarde o temprano terminarán fijándose en ella, aunque también existe una explicación bastante menos favorecedora: quizá nadie haya ido por ahí porque no había demasiadas razones para hacerlo. Lo malo es que, cuando llevas meses metido en el asunto, distinguir una situación de la otra cuesta más de lo que parece.
Por eso cada vez me tranquiliza más descubrir que otras personas, por su cuenta, se están ocupando de algo parecido. No necesito que hayan llegado a nuestra respuesta ni que hayan seguido el mismo recorrido, porque entonces la conversación se iría enseguida hacia quién empezó antes, quién ha profundizado más o quién ha tomado mejores decisiones, cuando a mí me interesa algo más sencillo y anterior a todo eso.
Que alguien que no conoce nuestro trabajo acabe dedicando tiempo a una dificultad semejante permite comprobar que la inquietud no depende únicamente de nuestra manera de verla. Después de meses de pruebas, documentos, discusiones y decisiones, uno deja de ser la persona más adecuada para juzgar si todo aquel esfuerzo tenía sentido desde el principio, porque cada paso nuevo suele apoyarse en lo anterior y seguir avanzando acaba pareciendo lo más lógico.
También hay una diferencia importante entre que alguien conozca lo que estás haciendo y te diga que le parece interesante, que siempre se agradece y probablemente mejora la tarde, y descubrir que una persona que no sabía nada de ello ha acabado enfrentándose por su cuenta a un problema parecido. En ese segundo caso no has tenido ocasión de explicarle por qué debería importarle ni de enseñarle todo lo que a ti te ha llevado meses ordenar, de modo que su interés no depende de lo bien que hayas sabido contar la historia.
Con la inteligencia artificial esto me parece especialmente importante, porque estamos en un momento en el que resulta relativamente sencillo preparar una demostración convincente, automatizar una tarea concreta o conseguir que algo parezca resuelto durante unos minutos. Las complicaciones empiezan después, cuando sales del ejemplo elegido y aparecen los casos que no estaban previstos, los conocimientos que alguien daba por supuestos y nunca había escrito o las excepciones que convierten una tarea aparentemente sencilla en algo menos ordenado de lo que parecía.
Es entonces cuando empiezan a pesar asuntos mucho menos vistosos que la demostración inicial, porque ya no basta con conseguir que algo funcione una vez. Hay que entender qué intentamos resolver de verdad, qué información merece conservarse y qué parte del criterio que utiliza una persona necesita quedar explícita para que mañana podamos tomar una decisión coherente con la de hoy. Todo eso luce menos que enseñar una automatización que funciona a la primera, pero seguramente sea más importante para saber si estamos construyendo algo útil o solo algo que queda bien durante una prueba.
Por eso lo ocurrido estos días me ha dejado bastante tranquilo, no porque nadie haya venido a confirmar que llevamos razón, sino porque algunas preocupaciones que durante meses podían parecernos muy nuestras también empiezan a aparecer cuando son otros quienes se enfrentan al asunto. Podemos seguir equivocándonos en la forma de resolverlas, seguramente habrá decisiones que dentro de un tiempo nos parecerán menos acertadas de lo que parecen hoy y todavía queda mucho trabajo antes de saber si aquello que estamos haciendo sirve de verdad, pero cuesta un poco más pensar que todo nació únicamente porque nosotros necesitábamos encontrar un problema que resolver.
Si la dificultad merece realmente atención, lo normal será que distintas personas se acerquen desde sitios diferentes y ensayen respuestas distintas, unas mejores que otras y algunas útiles por razones que ahora todavía no vemos. En ese momento deja de importar tanto poder decir que has descubierto algo único y empieza a resultar mucho más interesante comprobar qué funciona, dónde falla y qué habrá que cambiar cuando la práctica no encaje con lo que habíamos previsto.
Ser el primero queda estupendamente cuando toca contar la historia, aunque tenga poco mérito si nadie necesitaba que ese problema se resolviera. Quizá por eso cada vez me importa menos poder presumir de originalidad y más saber si aquello a lo que dedicamos tiempo tiene sentido también fuera de nuestras propias conversaciones.
Cuando llevas meses avanzando por un camino que vas trazando casi al mismo tiempo que lo recorres, encontrar otras huellas no te dice si has escogido la mejor ruta ni si quien pasó antes iba exactamente al mismo sitio, pero sí hace un poco más difícil pensar que el camino solo existía en tu mapa.
Podríamos dejarlo aquí.
Pero algunas ideas tienen la mala costumbre de seguir dando vueltas cuando el post ya se ha terminado. Para eso está el Bonus para suscriptores.