La vida normal no da para storytelling
Leemos tantas trayectorias profesionales convertidas en relato ejemplar que casi parece sospechoso admitir que muchos días no pasa nada especial. Quizá la mayor rareza hoy no sea tener una gran historia que contar, sino no sentir la necesidad de inventársela.
Hace unos días leí un post de Alfonso Alcántara, Yoriento para casi todo el que lleve un tiempo asomándose a estas cosas, y me hizo gracia una cita de Ana Morgade que rescataba allí. Morgade, por situarla sin alargar demasiado la presentación, es humorista, presentadora y monologuista. Alguien que sabe perfectamente cómo se levanta una escena, cómo se estira una anécdota y cómo se le saca punta a algo cotidiano para que funcione delante de un público. Quizá por eso la frase tenía más intención de la que parece:
«¿Sabéis qué me ha pasado viniendo hacia aquí? ¡Nada!».
Nada.
No una anécdota transformadora en el trayecto. No una conversación casual con un desconocido que le cambió la perspectiva sobre la vida. No una revelación luminosa de esas que ahora parecen caer del cielo en cualquier estación, en cualquier ascensor o en cualquier café mal servido de aeropuerto. Nada. Venir, llegar y ya está.
La frase me hizo gracia, sí, pero sobre todo me hizo pensar en la cantidad de gente a la que le pasan siempre cosas narrativamente útiles. Lo digo así a propósito. No cosas importantes, no cosas difíciles, no cosas interesantes siquiera. Cosas narrativamente útiles.
Si uno se toma demasiado en serio lo que ve en LinkedIn, puede acabar creyendo que vivimos rodeados de profesionales elegidos por la providencia del contenido. Gente a la que cada semana le sucede algo que merece ser convertido en storytelling. Personas que reciben de un padre, de un jefe, de un antiguo profesor o de un camarero desconocido exactamente el consejo que necesitaban oír para desbloquear una etapa vital. Héroes discretos que cumplen sueños imposibles después de innumerables fracasos, pero con la cortesía de resumirlo todo en seis párrafos bien aireados y una moraleja impecable.
Debe de ser agotador vivir así.
O peor aún, debe de ser agotador sentir que hay que contarlo así.
Porque una cosa es extraer aprendizaje de lo que uno vive. Eso es razonable, incluso saludable. Otra muy distinta es empezar a mirar la vida como una cantera de escenas aprovechables, como un depósito de futuras publicaciones, como un material en bruto al que hay que dar forma para que parezca más valioso, más emocionante o más profundo de lo que quizá fue en realidad. Ahí el problema ya no es el relato. Ahí el problema empieza a ser la mirada.
Cuando uno mira su propia experiencia con hambre de relato, corre el riesgo de dejar de vivirla como experiencia. Empieza a editar mientras le pasan las cosas. Empieza a subrayar mentalmente lo que luego servirá. Empieza a detectar la frase, el giro, el tropiezo con potencial, la emoción que conviene inflar un poco para que no se quede pobre. Y sin darse demasiada cuenta, deja de estar del todo en la vida para empezar a estar también en la versión que construirá después de ella.
Eso, que dicho así puede parecer exagerado, se ha normalizado de una manera bastante inquietante. Hemos hecho convivir trabajo, exposición y relato hasta el punto de que mucha gente ya no sabe muy bien dónde termina una cosa y empieza la otra. No basta con hacer. Tampoco basta con hacer bien. Ni siquiera basta con sostener una trayectoria larga, seria y fiable. Además de todo eso, parece que uno tiene que sonar interesante. Tiene que proyectar sentido. Tiene que envolver su recorrido en una épica más o menos dosificada. Tiene que parecer que cada caída enseñó, que cada error construyó y que cada duda escondía una semilla de crecimiento.
Y claro, cuando esa lógica se instala, la vida normal empieza a cotizar a la baja.
Un día de trabajo que solo ha sido trabajo parece poca cosa. Una semana difícil sin aprendizaje visible parece un desperdicio. Un problema que no te hizo mejor persona, sino simplemente perder tiempo, dormir peor y acabar más cansado, parece que no merece ni ser mencionado. Como si solo tuviera legitimidad lo que puede reconvertirse en lección. Como si la experiencia solo adquiriera valor cuando se deja traducir a formato inspirador.
A mí todo esto me produce una mezcla rara de cansancio y desconfianza. No porque crea que la gente mienta siempre, ni porque piense que todo relato profesional sea humo. Sería una tontería decir eso. Lo que me inquieta es otra cosa: la impostación continua. Esa tendencia a forzar intensidad emocional, a inflar la relevancia de lo vivido, a presentar como casi decisivo lo que en muchas ocasiones fue solo un episodio más de una vida profesional bastante corriente.
Y lo corriente no debería avergonzarnos tanto.
La mayor parte de los trabajos, de hecho, se sostienen en lo corriente. En la repetición. En las rutinas poco vistosas. En los problemas grises. En las decisiones que no tienen música de fondo. En jornadas donde nadie te dice nada memorable y donde tú tampoco alumbras ninguna verdad nueva. Jornadas donde simplemente haces lo que tienes que hacer, intentas no equivocarte demasiado, arreglas lo que se puede arreglar y sigues adelante. La reputación, cuando existe de verdad, suele salir de ahí mucho más que de cualquier master class disfrazada de experiencia compartida.
Por eso me hace gracia cuando el ecosistema profesional adopta sin pudor la estética del talent show. No ya porque abuse de ciertas palabras, que también, sino porque ha interiorizado la lógica del escenario. Hay que entrar bien, construir personaje, dejar huella, ofrecer un momento, generar reacción. Y en mitad de todo eso, que se supone que iba de trabajar, aprender y convivir con cierta dignidad, acabamos montando una telerrealidad blanda donde compiten los perfiles más presentables, no siempre los más sólidos.
A veces incluso da la impresión de que la vida profesional se ha llenado de gente que no quiere tener criterio, sino tener relato. No busca tanto entender lo que hace como disponer de una forma atractiva de contarlo. Y esa diferencia, que parece pequeña, lo cambia todo. Porque el criterio suele ser lento, silencioso y poco exhibicionista. El relato, en cambio, pide velocidad, simplificación y exhibición continua. El criterio tolera matices. El relato, sobre todo cuando quiere circular, prefiere remates.
En el fondo quizá la cuestión sea bastante simple: hemos confundido valor con visibilidad y experiencia con narrativa. Hemos aceptado que una vida profesional bien llevada no parece suficiente si no viene además acompañada de una pequeña maquinaria de sentido. Y eso genera una presión absurda. La presión de tener siempre algo que contar. La presión de parecer profundo. La presión de no poder decir, con la misma tranquilidad que Ana Morgade en aquella frase, que viniendo hacia aquí no pasó absolutamente nada.
Y sin embargo, ahí puede haber más verdad de la que parece.
Porque muchos días no pasa nada, muchos días no tienen moraleja, muchos días no aparece nadie a decirte la frase clave para desbloquear el paso al siguiente nivel, muchos días solo trabajas y con un poco de suerte vives tu vida.
Y quizá convendría empezar a defender un poco más esa normalidad, no como renuncia, sino como antídoto. Como forma de volver a pisar suelo. Como recordatorio de que no todo merece convertirse en contenido y de que no toda experiencia necesita ser exprimida hasta producir una enseñanza publicable. A veces las cosas solo pasan, o no pasan, y seguir adelante con eso ya es bastante.
Luego está la otra frase, la que suele circular con apariencia de verdad rotunda: la marca es el perfume que usas, la reputación es el olor que dejas. Tiene su gracia y tiene parte de razón. Pero incluso esa idea, que apunta bien, corre el riesgo de ser absorbida por el mismo mecanismo que critica. Porque en cuanto la convertimos en consigna deja de señalar una diferencia real y empieza a funcionar como otra pieza más del escaparate.
La reputación no la construyen las frases. La construyen los años. La construyen los otros cuando te recuerdan trabajando, respondiendo, cumpliendo, acertando unas veces y fallando otras, pero sin necesidad de representar constantemente una versión interesante de ti mismo. Y eso, por fortuna, todavía no cabe del todo en un post.
Quizá por eso la cita de Morgade funciona tan bien. Porque en medio de tanto envoltorio devuelve una obviedad que casi habíamos decidido olvidar: que a veces no hay historia, no hay aprendizaje instantáneo, no hay frase memorable para cerrar el día. A veces no pasa nada. Y probablemente no debería parecernos tan raro.