Hacer las cosas porque apetece

Hay encuentros que tardan quince años en ocurrir aunque las personas estén cerca. No siempre falta tiempo; a veces falta el pequeño gesto de poner fecha a algo que llevábamos demasiado tiempo dejando para “un día”.

Hacer las cosas porque apetece
Photo by Giulia Bertelli / Unsplash

El otro día apareció un mensaje de esos que, vistos sin contexto, parecen poca cosa: un saludo, una frase amable, una propuesta sencilla para tomar un café, nada que merezca demasiada solemnidad si no fuera porque bastaba con subir un poco en la conversación para que la pantalla hiciera eso que hacen a veces las pantallas, recordarte que el tiempo no avisa, solo se acumula.

Arriba del todo había una recomendación antigua. Hablaba de mi trabajo de entonces, de la fotografía, de los eventos, de aquellas tardes en las que uno iba con la cámara colgada al cuello y acababa metido en casi cualquier cosa que sucediera alrededor. Lo leí con esa mezcla rara de pudor y ternura que producen algunas versiones antiguas de uno mismo, no porque fueran falsas, sino porque estaban hechas de otra materia: más cámara, más calle, más prisa y esa extraña convicción de que correr de un sitio a otro formaba parte natural del paisaje.

Paréntesis necesario antes de seguir.

Al final del post hay un bonus para quienes están en la lista de correo.
Se llama «Un post a la semana, o cuando sale», es gratis, llega por mail y está pensada para leer con calma, lejos de gurús y del algoritmo.

Luego no digas que no avisé. Seguimos.

Parece interesante

Debajo de aquella recomendación, muchos años después, estaba el mensaje reciente: “tenemos pendiente un café desde hace mucho tiempo”. Y era verdad, tan verdad que casi daba un poco de vergüenza reconocerlo, porque no hablamos de alguien que se hubiera marchado lejos, ni de una amistad perdida en un cambio de ciudad, ni de una de esas personas que desaparecen porque la vida las arrastra a otro sitio. Hablamos de dos personas en la misma ciudad, con contactos comunes, redes sociales de por medio, lecturas cruzadas, comentarios ocasionales y una presencia intermitente, pero real.

Llevábamos como poco quince años sin vernos en persona, que es una barbaridad cuando se dice en voz alta, aunque en la vida adulta esa clase de barbaridades se disfraza bastante bien porque no llega de golpe, sino mezclada con semanas complicadas, meses raros, trabajo, familia, cansancio, proyectos, cambios de rumbo y esa frase tan cómoda de “a ver si quedamos”.

Pocas frases tienen tanta buena intención y tan poca eficacia como esa. “A ver si quedamos” es una promesa con zapatos de andar por casa: suena bien, no compromete demasiado y permite que todos salgamos de la conversación con la conciencia razonablemente tranquila. No es mentira, porque casi siempre hay ganas, pero tampoco es verdad del todo, porque si no se le pone día y hora, se convierte en decoración.

Y así se nos va quedando gente en las estanterías. No fuera de la vida, pero tampoco dentro. En una zona intermedia. Personas que siguen ahí, que lees, que te leen, que comentas, que te comentan, que sabes que existen y que incluso te interesan, pero con las que no compartes mesa. Y esto último, por antiguo que suene, cambia las cosas, porque una conversación escrita puede mantener un hilo, pero hay hilos que necesitan una mesa para volver a tensarse.

En este caso, el blog hizo de puente, aunque no diría que como escaparate, porque esa palabra siempre me deja un regusto raro, como si todo lo que uno escribe tuviera que estar pensado para exhibirse. Prefiero pensarlo como un rastro. Uno escribe sus cosas, a veces con cierta intención y otras porque necesita sacarse una idea de la cabeza, y no siempre sabe quién está al otro lado. Hay días en los que parece que escribes para cuatro gatos, y además sospechas que dos están dormidos, pero luego pasa esto: alguien que conoces desde hace mucho empieza a leer, reconoce algo, se engancha a una forma de mirar, comenta, tú lees lo suyo, volvéis a aparecer el uno para el otro y, sin gran ceremonia, la conversación se reactiva.

No está mal para algo que uno hace, en teoría, porque le apetece.

Después vino la logística, que es donde la vida adulta demuestra su enorme capacidad para rebajar cualquier atisbo de poesía. Buscar un hueco, mirar agendas, esquivar obligaciones, cuadrar una tarde, elegir un sitio razonablemente cómodo y comprobar, una vez más, que a veces lo complicado no es querer ver a alguien, sino encontrar el momento exacto en el que la vida deja un pequeño claro. La épica contemporánea no está en cruzar océanos; está en cuadrar una tarde.

Al final quedó una hora, quedó un sitio y quedó un café que fue largo y, aun así, se hizo corto, que quizá sea una de las formas más precisas de medir si un encuentro ha merecido la pena.

Hablamos de empresa, de tecnología, de estrategia, de inteligencia artificial, de esa sensación de estar viviendo una época en la que todo se mueve muy rápido y, al mismo tiempo, casi todo lo importante sigue dependiendo de cosas bastante viejas: criterio, confianza, oficio, olfato y personas capaces de escuchar sin estar preparando ya la siguiente frase. Hablamos también de paternidad, de trabajo, de proyectos, de decisiones, de lo que se ve venir y de lo que no vimos venir ni aunque lo tuviéramos delante. Y, por supuesto, hablamos de batallas de abuelo cebolleta, porque a ciertas edades uno ya no cuenta anécdotas antiguas: las administra.

Pero lo importante no fue la conversación sobre empresa, ni la tecnología, ni la inteligencia artificial, ni los recuerdos, ni siquiera el café. Lo importante fue la ausencia de coartada. No habíamos quedado para cerrar nada, no había una propuesta sobre la mesa, ni una colaboración pendiente, ni una utilidad concreta que justificara el desplazamiento, el hueco en la agenda y la tarde. Estábamos allí porque nos apetecía estar allí.

Y eso, ahora mismo, casi parece un acto de resistencia, porque hemos aprendido a justificarlo todo. El tiempo tiene que rendir, las conversaciones tienen que servir, los cafés tienen que abrir puertas, las comidas tienen que reforzar relaciones, las llamadas tienen que resolver asuntos e incluso el descanso tiene que venir con una explicación aceptable, como si descansar por cansancio ya no fuera suficiente.

Nos hemos puesto tan serios con la productividad que hasta la vida sin finalidad nos parece sospechosa.

Por eso hay algo profundamente sano en sentarse con alguien sin otra ambición que hablar, sin acta, sin conclusión y sin esa manía de convertir cada encuentro en material aprovechable. Solo hablar, escuchar, recordar, pensar en voz alta e ir de una cosa a otra sin pedir permiso, de la inteligencia artificial a los hijos, de la empresa a los años pasados, de las estrategias a los abuelos cebolleta, que al final igual son una forma primitiva de inteligencia entrenada con bares, errores y muchas sobremesas.

No sé si nos damos cuenta de cuánto bien hacen esas conversaciones sin rendimiento, quizá porque no prometen nada, quizá porque no intentan arreglarte y quizá porque no vienen a darte una lección. Simplemente ocurren. Y cuando ocurren bien, dejan una sensación muy reconocible: la de haber estado donde tocaba estar, aunque nadie te hubiera obligado a ir.

A cierta edad, uno empieza a afinar más con estas cosas. No por sabiduría, que esa palabra nos queda grande casi siempre, sino por acumulación de golpes pequeños. Empiezas a notar que el tiempo no es una reserva infinita, que hay personas a las que ya no verás, conversaciones que no volverán, cafés que se quedaron en intención y afectos que se fueron apagando sin drama, precisamente por eso, porque nadie hizo nada dramático. Solo se dejaron estar.

Y dejar estar también es una decisión, aunque no nos guste reconocerlo.

Por eso conviene hacer caso cuando algo apetece de verdad. No todo, claro. No se trata de convertir cada impulso en mandato ni de salir corriendo detrás de cualquier ocurrencia, que bastante tenemos con sobrevivir a las nuestras. Pero sí de distinguir cuándo una cosa sencilla merece pasar del “a ver si” al “este viernes”, porque a veces basta con eso: poner día, poner hora y aparecer.

Al salir pensé que seguramente repetiremos, no por compromiso, que sería la forma más triste de estropearlo, sino porque estuvo bien, porque se nos hizo corto, porque hay conversaciones que necesitan una segunda taza y porque, después de quince años, tampoco parece exagerado concederse otra tarde. Quizá dentro de unas semanas, quizá dentro de unos meses. Espero que no dentro de otros quince años, porque entonces ya habría que escribir una trilogía y tampoco hace falta ponerse tan intenso.

De momento me quedo con lo importante: a veces hay que hacer las cosas porque apetece hacerlas, no porque toquen, no porque convengan y no porque vayan a producir algo medible, sino porque, si no las haces, igual pasan quince años y sigues pensando que un día habría estado bien quedar.

¿Recuerdas que al principio dije que había un bonus?

Está justo debajo.

El post termina arriba. Esto es el postre.

Si sigues, es porque quieres.

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