La última que ya no puedo contarte
Hay ausencias que no se notan todos los días, pero aparecen con una precisión cruel cuando uno necesita contar algo a la persona exacta. La amistad también se mide en ese gesto pequeño de coger el teléfono, mirar un nombre y recordar que ya no habrá respuesta.
Hoy he vuelto a coger el teléfono para llamarte.
No ha sido un gesto solemne, ni una escena especialmente dramática, ni uno de esos momentos que parecen escritos para que alguien los lea después con música triste de fondo. Ha sido algo bastante más sencillo y, precisamente por eso, mucho más real. Tenía que contarte “la última”, una de esas cosas que no se cuentan porque vayan a cambiar el mundo, sino porque necesitan pasar por la voz de una persona concreta antes de encontrar su sitio. Hay asuntos que uno puede explicar a cualquiera, más o menos, con mayor o menor detalle, pero hay otros que solo encajan si los recibe quien conoce las capas anteriores, las conversaciones antiguas, las bromas privadas, las contradicciones propias y esa parte de la historia que nunca se empieza a contar desde cero.
Paréntesis necesario antes de seguir.
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Luego no digas que no avisé. Seguimos.
He desbloqueado el móvil, he buscado tu nombre y me he quedado mirando la pantalla. Durante unos segundos ha existido esa posibilidad absurda de pulsar el botón verde, como si llamar pudiera corregir algo, como si la agenda del teléfono no se hubiera enterado todavía de lo que todos sabemos, como si los nombres guardados en una lista conservaran intacta la promesa de que alguien, al otro lado, puede contestar. Pero tú no ibas a hacerlo. Quizá habrían contestado tus hijos. Quizá tu mujer. Quizá nadie. Quizá, con el tiempo, tu número termine en manos de otra persona que descolgaría sin entender por qué un desconocido empieza a contarle una historia que no le pertenece.
Y ahí está una de las formas más extrañas de la ausencia: no desaparece la necesidad de hablar, desaparece la posibilidad de respuesta.
A lo largo de los años compartimos más alegrías que tristezas, aunque también tuvimos de todo, porque las amistades que duran no se construyen solo con días fáciles. La fotografía fue la excusa perfecta. Primero para coincidir, después para repetir, y al final para entrelazar nuestras familias sin necesidad de convertirlo en un acontecimiento. Íbamos a hacer fotos, sí, pero en realidad hacíamos otra cosa. Nos escapábamos un rato del ruido normal de la vida, nos metíamos en conciertos, salas, festivales, calles llenas de gente, y durante unas horas todo quedaba reducido a mirar bien, disparar en el momento justo y volver a casa con la sensación de haber estado donde había que estar.
El otro día me lo recordaban en un café. Aquellos conciertos. Aquellos momentos de Zaragoza que pasaron por nuestros objetivos y que ahora descansan en nuestros discos duros, como si una parte de la ciudad hubiera quedado guardada ahí dentro, esperando a que alguien vuelva a abrir una carpeta. No lo digo con pena. Tampoco con nostalgia barata. Aquello fue lo que fue, en su momento, con sus reglas, sus esfuerzos, sus noches largas y su manera de exigirnos estar a la altura. Lo hicimos con seriedad, con oficio y con esa mezcla de cansancio y entusiasmo que solo entiende quien ha vuelto a casa tarde, con la espalda cargada, las tarjetas llenas y la certeza íntima de haber capturado algo que ya no se repetirá.
Lo dimos todo. Y lo hicimos con una profesionalidad que quizá hoy sería difícil repetir, no porque ahora fuéramos peores, sino porque el mundo ha cambiado. Los accesos han cambiado. La música ha cambiado. La comunicación ha cambiado. Nosotros también. Hay épocas que solo se pueden vivir desde dentro, sin saber que se están terminando, y quizá por eso conservan una luz tan rara cuando las miras años después. No son mejores porque fueran antes. No son importantes porque ya no vuelvan. Son importantes porque estuvimos allí juntos, mirando en la misma dirección, cada uno con su cámara, su carácter, sus manías y su manera de entender dónde estaba la foto.
La frase hecha dice que quien tiene un amigo tiene un tesoro, y supongo que está bien para una taza, una postal o una de esas conversaciones de sobremesa en las que nadie quiere complicarse demasiado. Pero la amistad, vista de cerca, no se parece tanto a un tesoro como a una herramienta precisa. A veces es una llave que abre una puerta cuando todo lo demás está cerrado. A veces es una silla disponible. A veces es una llamada a deshora. A veces es alguien que escucha sin preparar la respuesta mientras hablas. A veces, simplemente, es una mirada que no está contaminada por la obligación de darte la razón.
Eso es lo que echo de menos.
No echo de menos al amigo como concepto, porque eso sería demasiado limpio, demasiado ordenado y demasiado fácil de decir. Echo de menos poder contarte los cambios que vienen. Los que he hecho. Los que no he querido hacer. Los que me ilusionan y los que me inquietan. Echo de menos poder soltarte una de esas historias largas, llenas de detalles aparentemente irrelevantes, sabiendo que tú sabrías separar el ruido de lo importante. Echo de menos tu experiencia, tu perspectiva y esa forma tuya de complementar la mía sin invadirla. No era la mirada de mi mujer, porque ese vínculo tiene otras raíces y otros cuidados. No era la de otros amigos, porque cada amistad ocupa una habitación distinta. Era la tuya, y eso no se sustituye cambiando de interlocutor.
Hay personas que nos quieren y, precisamente por querernos, no siempre pueden mirarnos desde el lugar que necesitamos. Su cariño pesa. Su miedo pesa. Su deseo de protegernos pesa. Y está bien que sea así, porque cada relación tiene sus propias leyes. Pero luego están esos amigos que pueden ponerse a un lado, escuchar la historia completa, hacer una pausa y decirte algo que quizá no querías oír, pero que necesitabas escuchar. Tú tenías bastante de eso. No siempre acertabas, claro. Nadie lo hace. Pero tu forma de mirar me obligaba a ordenar mejor mis razones, y solo por eso ya me hacías falta.
Estamos en una época rara, convulsa, trepidante y emocionante. Una de esas épocas en las que parece que todo se mueve a la vez y en la que, si te descuidas, acabas confundiendo velocidad con avance. Seguro que la habrías disfrutado. No desde la prudencia cómoda de quien mira pasar las cosas por la ventana, sino como tú hacías casi todo: a tope, con curiosidad, con intensidad y con esa mezcla de entusiasmo y vigilancia que te llevaba a querer entender el tablero antes de mover ficha. Me gustaría poder contarte lo que viene, no para que me dieses permiso, sino para escuchar cómo lo desmontabas, cómo buscabas el ángulo muerto, cómo encontrabas el detalle que yo no había visto.
Siempre tengo en mente aquel mantra que repetías: “Regla número 1: conocer al enemigo”.
Lo decías con ese punto entre la broma y la verdad que hacía que la frase se quedase flotando, como si viniera de una película que solo tú habías visto demasiadas veces. Pero con el tiempo he entendido que no era solo una ocurrencia. Era una forma de estar en el mundo. Antes de correr, mirar. Antes de decidir, entender. Antes de entusiasmarse, saber qué hay enfrente. Y quizá por eso hoy, cuando me vienen encima decisiones nuevas, cambios importantes y esa sensación de estar entrando en una etapa distinta, vuelvo mentalmente a esa frase como quien busca una herramienta en una caja que ya conoce.
Desde septiembre de 2024 hay una conversación que se quedó abierta. No todos los días duele igual, y menos mal, porque nadie podría vivir dentro de una ausencia permanentemente encendida. La vida sigue, como tiene la mala educación de seguir siempre, y uno trabaja, come, conduce, contesta mensajes, se ríe, se enfada por tonterías y vuelve a casa. Pero de vez en cuando aparece una grieta exacta. No una tristeza general, sino un hueco con nombre propio. Un instante en el que algo ocurre y el cuerpo, más rápido que la cabeza, dice: llama a Javi.
Y entonces miro la pantalla.
No llamo.
Pero te lo cuento igual.
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Si sigues, es porque quieres.