Cuando la escucha se parece demasiado a la extracción
Hay formas de pedir opinión que parecen conversación entre colegas, pero a veces se parecen más a una recogida eficiente de criterio ajeno. En algunos sectores, innovar consiste menos en pensar mejor que en empaquetar antes lo que otros ya pensaron.
Hay una escena que se repite cada vez más en algunos entornos profesionales y que, por costumbre, hemos dejado de mirar con el recelo que merece. Alguien que va a intervenir en una jornada, coordinar una mesa o poner voz a una ponencia lanza una consulta breve a varias personas del oficio. La fórmula suele ser impecable. Tono cordial. Una apelación amable al criterio de otros. Una pregunta lo bastante abierta como para que cada cual aporte algo útil. Todo correcto. Todo razonable. Todo incluso simpático, si uno lo lee deprisa. Y, sin embargo, no siempre es tan inocente como parece.
Porque una cosa es abrir una conversación de verdad y otra bastante distinta poner en marcha una recogida rápida de ideas ya elaboradas por terceros. No siempre se busca contraste. No siempre se busca una discusión real. No siempre se quiere una mirada incómoda que obligue a repensar el enfoque. A veces lo que se busca es algo mucho más práctico: respuestas condensadas, intuiciones ya destiladas, preocupaciones formuladas con claridad por quienes sí pisan el terreno todos los días. Un poco de criterio de aquí, dos alertas de allá, varias inquietudes compartidas, un puñado de palabras bien colocadas y ya hay medio armazón montado.
El problema no es preguntar. Preguntar está bien. Lo problemático aparece un poco después, cuando conviene mirar qué se hace con esa inteligencia dispersa, quién la ordena, quién la representa y quién acaba apareciendo como voz autorizada de una reflexión que, en realidad, venía bastante trabajada desde antes por otros. Ahí es donde la escucha empieza a parecerse demasiado a la extracción. No a una extracción grosera, claro. No a un saqueo descarado. Sería incluso más fácil defenderse de algo así. Me refiero a una extracción elegante, envuelta en cortesía profesional, en aparente espíritu colaborativo y en esa forma tan contemporánea de convertir la disponibilidad ajena en materia prima casi invisible.
Todo esto encaja, además, con un vicio del sector que llevamos demasiado tiempo normalizando: la facilidad con la que confundimos discurso sobre la innovación con conocimiento profundo del oficio. En cuanto aparece una mesa sobre vivienda, tecnología, transformación o futuro, asoma una figura muy reconocible. No necesariamente la del especialista que mejor entiende los nudos concretos del trabajo diario, sino la de quien sabe circular mejor por la conversación, recoger ansiedad ajena, devolverla en formato de visión y salir del escenario con una pátina reforzada de autoridad. Todo sector acaba fabricando sus propios influencers. El problema no es que existan. El problema empieza cuando terminamos premiando más la capacidad de resumir el malestar colectivo que la experiencia de quienes sostienen el trabajo real del que sale ese malestar.
Eso se nota especialmente cuando el debate gira en torno a las nuevas tecnologías. Ahí el decorado ayuda mucho. Basta con nombrar inteligencia artificial, automatización, datos, eficiencia, digitalización o vivienda conectada para que el discurso adquiera una apariencia de altura estratégica. Las palabras hacen su trabajo. Ordenan el escenario. Visten la intervención. Dan sensación de modernidad y de lectura avanzada del momento. Y mientras tanto, por debajo, siguen sin resolverse cosas bastante menos vistosas pero mucho más decisivas. Datos mal estructurados. Documentación dispersa. Procesos poco claros. Conocimiento atrapado en personas concretas. Comunicaciones fragmentadas. Expedientes que dependen demasiado de la memoria del despacho y demasiado poco de sistemas que realmente conserven contexto y criterio. Una digitalización que en demasiados casos no ha pasado todavía de cambiar papel por archivo adjunto.
Ahí está la trampa de fondo. La tecnología viste muy bien el discurso de quien quiere parecer adelantado, pero no sustituye el trabajo de entender el oficio. Y ese trabajo no se improvisa con una convocatoria, ni se adquiere por cercanía a la conversación sectorial, ni se finge con soltura verbal. Requiere haber visto lo suficiente como para saber dónde se atasca de verdad el trabajo, qué parte del problema es procedimiento, qué parte es criterio, qué parte es desgaste humano y qué parte es simple ruido. Requiere distinguir entre lo que puede automatizarse sin riesgo y lo que todavía necesita cabeza, contexto y responsabilidad. Requiere saber que muchas veces el obstáculo no es la falta de herramientas, sino la falta de orden, de disciplina informativa y de decisiones incómodas sobre cómo se quiere trabajar.
Por eso cada vez me interesa menos el entusiasmo con que algunos hablan del futuro del sector y más la ligereza con la que esquivan su presente. Se habla mucho de innovación, pero no siempre se habla con la misma claridad de los cimientos. Se habla de inteligencia artificial, pero menos de taxonomías, de trazabilidad, de recuperación del conocimiento y de estructura documental. Se habla de automatización, pero menos de procesos rotos que nadie ha querido revisar antes de ponerles una interfaz nueva. Se habla de eficiencia, pero menos de duplicidades absurdas, de información mal clasificada y de esa dependencia crónica de la persona que “sabe dónde está todo”. En un entorno así, recoger opinión ajena y devolverla con brillo puede parecer visión. A veces no pasa de ser una operación eficaz de condensación.
Y conviene decirlo sin histerias: esto no invalida automáticamente a nadie. Tampoco convierte toda consulta en una maniobra interesada. No se trata de ponerse paranoico ni de leer mala fe en cada mensaje cordial. Se trata de recuperar una cierta capacidad de discriminar entre conversación y recolección, entre intercambio y aprovechamiento, entre escucha genuina y escucha instrumental. Porque la frontera existe, aunque no siempre se vea a la primera, y cuanto más normalicemos su difuminación, más fácil será que el sector acabe hablando con palabras muy pulidas sobre problemas que apenas toca.
Hay otra consecuencia menos visible y quizá más seria. Cuando premiamos sobre todo a quien mejor empaqueta la conversación, corremos el riesgo de ir desplazando el centro de gravedad del sector hacia los intérpretes del oficio en lugar de hacia quienes lo sostienen. Es una deriva cómoda. El intérprete tiene tiempo para ordenar, para presentar, para conectar palabras y tendencias. El que está dentro del trabajo real suele tener menos margen, menos foco y menos escenario. Uno parece pensar mejor porque dispone de mejores condiciones para hacerlo en público. El otro quizá piensa más hondo, pero lo hace entre incidencias, llamadas, documentos, urgencias y desgaste. Y al final, como tantas veces, brilla más quien administra atención que quien administra complejidad.
No sé si somos del todo conscientes del efecto que eso produce con el tiempo. Poco a poco, la conversación sectorial se llena de una capa de discurso cada vez más limpia, más brillante y más intercambiable. Un discurso que suena muy bien en mesas, jornadas y publicaciones, pero que a veces toca el barro solo de forma lateral. Un discurso donde casi todo parece estar siempre a punto de transformarse, aunque luego el trabajo diario siga dependiendo de inercias viejas, herramientas mediocres y criterio personal no sistematizado. Un discurso donde la tecnología se convierte con demasiada facilidad en escenografía de autoridad.
Quizá por eso convendría empezar a ser un poco más sobrios con ciertas liturgias. No por amargura. Por higiene. No para dejar de hablar entre profesionales, sino para hablar con algo más de conciencia sobre qué ponemos en circulación, para quién y con qué retorno. No para volvernos desconfiados por sistema, sino para dejar de fingir que toda invitación a opinar es automáticamente una conversación entre iguales. A veces lo es. Otras veces se parece bastante más a una cadena de montaje del discurso, donde unos aportan el barro, otros aportan el lenguaje y, al final, casi siempre destacan más los segundos.
La cuestión no es menor. Si seguimos confundiendo visibilidad con criterio, y capacidad de empaquetado con conocimiento de oficio, acabaremos entregando la conversación sectorial a quienes mejor gestionan atención, no a quienes mejor entienden los problemas. Y eso, por muy moderno que suene, no es innovación. Es solo otra forma, bastante pulida, de intermediación. Una intermediación que habla mucho de futuro, recoge con habilidad la inteligencia ajena y luego la devuelve convertida en autoridad representativa. Muy ordenado. Muy presentable. Muy eficaz. Pero no necesariamente tan profundo como aparenta.
Al final, lo incómodo no es que existan estas figuras. Todo sector las genera. Lo incómodo es que a veces las alimentamos encantados. Respondemos deprisa. Nos sentimos halagados por estar en la lista de consulta. Regalamos intuiciones, matices y criterio como si estuviéramos participando en una reflexión compartida, cuando quizá solo estamos contribuyendo a la construcción de una intervención más redonda, más convincente y más rentable para otro. Y lo hacemos, además, en un momento en que el sector necesita menos relato de modernidad y bastante más honestidad sobre sus carencias estructurales.
Quizá el primer gesto sensato no sea enfadarse. Sea simplemente mirar mejor la escena. Distinguir entre quien pregunta para entender y quien pregunta para recopilar. Entre quien escucha para pensar mejor y quien escucha para salir ya pensado de casa. Entre quien utiliza la tecnología como herramienta para mejorar trabajo real y quien la utiliza como decorado para reforzar personaje. No hace falta señalar a nadie para que cada cual reconozca la escena. Seguramente la ha visto más de una vez. Y si la ha visto, ya sabe que la diferencia entre conversación y extracción no siempre está en las palabras que se usan, sino en el recorrido que hacen después.
Lo que hay debajo de este recuadro es una muestra de lo que solemos llamar Bonus Track, esta semana lo dejamos en abierto para que todo el mundo lo pueda disfrutar...
Hou el bonus track lo dejamos en abierto...