La tradición de no saber qué celebramos
Hay tradiciones que defendemos con entusiasmo hasta que aparece un plan mejor. Otras las celebramos sin saber muy bien por qué, pero procurando no faltar a la cita. Y a veces basta con mirar lo que hacemos nosotros mismos para empezar a entender aquello que nos sorprendía de los demás.
Todavía quedan algunos adornos por recoger y seguro que aparecerá algún caramelo olvidado durante los próximos días. Es domingo, 1 de noviembre, y la casa va recuperando poco a poco su aspecto habitual después de haber cumplido, un año más, con nuestra particular tradición de Halloween. Ayer decoramos la entrada para que los niños supieran que aquí podían conseguir caramelos y preparamos algún que otro susto para quienes se atrevieran a acercarse. Una actividad que repetimos desde hace años y que, si alguien me preguntara por qué celebramos, probablemente me costaría justificar más allá de que nos divierte hacerlo.
Como también viene siendo habitual, invitamos a los amigos de nuestras hijas a pasar la tarde y quedarse a cenar. Al fin y al cabo, si vamos a llenar la casa de adornos y preparar todo este tinglado, qué menos que aprovecharlo para que disfruten juntos. No hay ninguna creencia detrás de nuestra celebración ni una especial vinculación con sus orígenes. Empezamos a participar porque en la urbanización se hacía, porque a las niñas les gustaba y porque descubrimos que podía ser una buena manera de pasar una noche diferente. Con el tiempo, aquello que inicialmente parecía una actividad más ha terminado convirtiéndose en una costumbre familiar.
Lo curioso es que el viernes me había sorprendido encontrarme por Zaragoza con niños disfrazados cuando todavía faltaba un día para Halloween. Este año el 31 caía en sábado, de modo que tampoco parecía necesario adelantar la celebración para aprovechar el fin de semana. Después caí en la cuenta que algunos habían ido disfrazados al colegio y que sus familias decidieron prolongar la fiesta durante la tarde. Ya que tenían el disfraz puesto, ¿por qué no sacarle un poco más de partido?
Mi primera reacción fue pensar que habíamos llegado a un punto en el que adoptábamos celebraciones extranjeras sin preocuparnos demasiado por conocerlas, hasta el extremo de no respetar siquiera la fecha en que tienen lugar. Una conclusión bastante cómoda cuando uno observa lo que hacen los demás, aunque algo más difícil de defender cuando, al día siguiente, se encuentra preparando su propia casa para participar en una fiesta cuyo significado original tampoco tiene demasiado que ver con las razones por las que la celebra.
Hace justo un año escribí Después del ruido, una reflexión sobre la convivencia entre Halloween y Todos los Santos, sobre cómo una noche de disfraces y caramelos daba paso a una jornada dedicada al recuerdo de quienes ya no están. Entonces defendía que incorporar una celebración no implicaba necesariamente abandonar otra y que ambas podían convivir sin necesidad de enfrentarlas. Sigo pensando lo mismo, aunque este año me interesa una cuestión diferente: cómo una costumbre que no forma parte de nuestra tradición acaba convirtiéndose en algo que esperamos repetir cada año.
Supongo que buena parte de las tradiciones familiares se construyen de una manera parecida. Alguien propone una actividad, se repite al año siguiente y, casi sin darnos cuenta, termina formando parte del calendario. Hay comidas que seguimos organizando porque siempre se han celebrado, reuniones cuya fecha nadie se plantea modificar y pequeños rituales que sobreviven incluso cuando desaparecen las circunstancias que les dieron origen. La repetición acaba otorgándoles una importancia propia, hasta el punto de que dejamos de preguntarnos por qué empezamos a hacerlos.
En nuestra urbanización, Halloween ha seguido ese camino. Los niños saben qué casas suelen participar y los adultos procuramos tener preparados los caramelos y alguna decoración que anuncie que pueden llamar. Nadie nos obliga, naturalmente, pero cuando una costumbre se extiende entre los vecinos aparece una forma de presión social que no necesita expresarse. Participamos porque nos apetece, aunque también porque sabemos que otros cuentan con nuestra participación y porque, después de tantos años, dejar de hacerlo nos resultaría un poco extraño.
Eso sí, este año hemos podido comprobar que semejante compromiso tiene sus límites. El calendario aragonés nos ha regalado un puente con el lunes festivo y la posibilidad de disfrutar de unos días fuera parece haber pesado más que la obligación de decorar la casa y preparar sustos. Al menos esa es la impresión que dejaba una urbanización con menos viviendas participantes que en otras ocasiones. Por mucho que una celebración se consolide, resulta difícil competir con la oportunidad de hacer una escapada, especialmente cuando hablamos de una tradición que hemos incorporado por diversión y no por una convicción particular.
La situación tiene su gracia porque muestra hasta qué punto adaptamos las celebraciones a nuestras circunstancias. El viernes me llamaba la atención que algunas familias adelantaran Halloween para aprovechar que sus hijos ya estaban disfrazados, mientras que el sábado otros vecinos parecían haber decidido que la fiesta podía esperar porque tenían planes mejores. Nosotros, por nuestra parte, nos quedamos, decoramos la casa y recibimos a los amigos de nuestras hijas. Tres maneras diferentes de relacionarse con una misma celebración, ninguna de ellas especialmente preocupada por mantener una fidelidad absoluta a sus orígenes.
Quizá esa sea precisamente la forma en que las tradiciones se incorporan a una sociedad. No necesariamente porque quienes participan compartan las creencias que las hicieron nacer, sino porque encuentran en ellas algo que merece la pena conservar. Sucede con las fiestas patronales, en las que participan personas sin ninguna vinculación religiosa con el santo al que están dedicadas, y también con la Navidad, cuyo significado familiar y comercial ocupa para muchos un espacio bastante mayor que el religioso. Rara vez exigimos a quienes celebran estas fiestas que justifiquen sus convicciones, aunque parecemos más dispuestos a cuestionar esa falta de conocimiento cuando la costumbre procede de otro lugar.
Halloween, además, tiene la ventaja de que resulta sencillo participar. Unos disfraces, algunas calabazas, caramelos y un poco de imaginación son suficientes para organizar una tarde diferente. Naturalmente, existe todo un negocio alrededor de esos elementos, interesado en que cada año compremos algo más, pero tampoco sería justo atribuir únicamente al consumo una celebración que, en nuestro caso, sirve para que los niños recorran la urbanización, los vecinos se relacionen y nuestras hijas compartan la tarde con sus amigos.
Puede que hayamos perdido buena parte del significado original de la fiesta, aunque no estoy seguro de que eso implique que la hayamos vaciado de contenido. Más bien parece que hemos sustituido unas razones por otras. No celebramos Halloween porque sintamos una especial relación con aquello que representa, sino porque hemos encontrado una forma de hacerlo nuestro. Y quizá esa transformación sea bastante más habitual de lo que imaginamos cuando hablamos de conservar las tradiciones.
Lo que sí merece cierta atención es la facilidad con la que una actividad voluntaria termina convirtiéndose en algo que parece obligatorio. Cuando todos participan, resulta más difícil quedarse al margen, y lo que empezó siendo una ocasión para divertirse puede acabar generando expectativas que no siempre nos apetece cumplir. Aunque este año el puente haya reducido la participación, también ha servido para recordarnos que las costumbres no son compromisos irrevocables y que cada familia decide hasta dónde quiere mantenerlas.
Ayer nosotros decidimos quedarnos y celebrarlo. Hubo niños que se llevaron caramelos después de soportar nuestros sustos, amigos de nuestras hijas que pasaron la tarde en casa y una cena que seguramente habríamos disfrutado igual sin disfraces ni decoraciones, aunque probablemente no habríamos organizado de la misma manera. Halloween nos proporcionó la excusa y nosotros pusimos el resto.
Hoy, mientras recogemos lo que queda de la celebración, otras familias dedicarán el día de Todos los Santos a recordar a quienes ya no están. No creo que una tradición tenga que desplazar a la otra, ni que debamos compartir todas las creencias asociadas a una fiesta para encontrar motivos legítimos para participar en ella. Tal vez baste con reconocer qué significado tiene para nosotros y preguntarnos, de vez en cuando, si seguimos celebrándola porque queremos o simplemente porque toca.
Seguramente el próximo año volveremos a decorar la casa, a preparar algún susto y a invitar a los amigos de nuestras hijas. Siempre que el calendario no nos ofrezca una escapada demasiado tentadora, claro.
Porque, aunque todavía no tenga muy claro qué celebramos, sí sé que una noche agradable en compañía de quienes queremos es una razón bastante aceptable para hacerlo.
Y ahora, un poco más
PODCAST BONUS · POR SI ALGUIEN LO ESPERA
Hay tradiciones que terminan convirtiéndose en obligaciones sin que nadie nos las haya impuesto. Y, a veces, merece la pena preguntarse qué ocurriría si un año decidiéramos dejar de cumplirlas.
El bonus de hoy también trae una pequeña novedad tecnológica. Esta vez la voz no saldrá de ElevenLabs: la sintetizaré directamente en mi portátil utilizando VoiceStudio. Otra oportunidad para experimentar y comprobar qué tal funciona una alternativa local.