Estar o ser la conversación

Hay conversaciones a las que uno llega tarde, aunque lleven un buen rato hablando de él. Para entonces, no siempre es fácil saber qué se ha contado, qué se ha supuesto y por qué alguien creyó oportuno sacar el tema.

Estar o ser la conversación
Photo by saeed karimi / Unsplash

Hace unos días, un amigo me mandó un mensaje: «No me habías dicho que tenías novedades…». Mi primera reacción fue pensar: «¿Pero qué coj...s dice este ahora?». La segunda, coger el teléfono y llamarlo, porque no tenía la menor idea de a qué se refería.

Resulta que uno puede participar en conversaciones sin estar presente. O, mejor dicho, puede convertirse en el tema de conversación sin tener la menor noticia de ello. Por lo que entendí durante aquella llamada, alguien había estado hablando de mí. Qué se dijo exactamente, qué se interpretó y qué pudo añadirse por el camino es algo que desconozco. Y, en realidad, tampoco es lo que más me interesa. Lo que me dejó pensando fue otra cosa: ¿qué necesidad había?

Porque hemos acabado dando por supuesto que saber algo nos autoriza a contarlo. Una anécdota familiar, un cambio de trabajo, algo que alguien nos confió en voz baja: nos enteramos y parece que la información empieza a quemarnos en el bolsillo hasta que encontramos a quién pasársela. A veces por presumir de estar al tanto, otras por llenar un silencio incómodo y muchas, quiero pensar, sin mala intención.

Pero la falta de mala intención no borra las consecuencias. Quien comenta una circunstancia ajena casi nunca conoce todo lo que la rodea: cómo se tomó una decisión, a quién puede afectar o, sencillamente, que su protagonista había decidido no hablar de ello todavía. Incluso si lo que se cuenta fuese cierto, eso no significa que resulte oportuno compartirlo. Y si, además, lo que llega es una versión incompleta, quien la escucha puede acabar sacando conclusiones que nadie se ha molestado en comprobar.

En el trabajo esto se ve con especial claridad. Nos cruzamos con personas que no conocen todas nuestras funciones y con equipos que manejan información distinta, cada uno con una historia que los demás no ven. A veces parece que cada uno juega varias partidas de ajedrez a la vez, y lo que para alguien es un comentario sin importancia mueve una pieza en un tablero que ni sabía que existía. Lo complicado es que no siempre se puede deshacer la jugada.

Quizá por eso convendría distinguir entre lo que decidimos contar de nosotros mismos y lo que creemos poder contar de los demás. Una cosa es elegir qué compartimos de nuestra vida y otra, muy distinta, dar por hecho que podemos tomar esa decisión por otra persona. Detrás de esa diferencia hay una confusión que me parece importante: ser sincero no obliga a contarlo todo. Puedo tener contigo una conversación honesta sin entregarte el inventario de mi vida. Habrá asuntos de los que hable con naturalidad, otros que comparta con determinadas personas y algunos que prefiera reservarme. No porque esconda nada vergonzoso, sino porque no necesito convertir cada parte de mi vida en información compartida.

Tampoco todas las personas ocupan el mismo sitio. Hay preocupaciones que solo conocen un par de amigos y compañeros de trabajo que saben de nosotros cosas que ignora alguien de casa. Eso no nos convierte en varias personas ni hace menos auténtica una relación que otra. Cada relación tiene su espacio y la confianza no se demuestra contando lo mismo a todo el mundo.

Hace tiempo que intento aplicar un principio que, escrito, parece de una sencillez casi ridícula: «No tengo obligación de contarte todo lo que sé, pero sí de que lo que te cuente sea verdad». Cuanto más lo pienso, más creo que necesita una segunda parte: «Tampoco tengo derecho a contar todo lo que sé de los demás».

La primera frase habla de lo que decido contar; la segunda, de lo que hago con la información que conozco sobre otros. Pero hay una tercera cuestión que también conviene recordar: tengo derecho a esperar que quien conoce aspectos de mi vida no los vaya repartiendo sin necesidad. Que te haya contado algo no significa que te haya nombrado portavoz. Y que te hayas enterado por otro camino tampoco te convierte, automáticamente, en quien tiene que contarlo.

Eso no significa que podamos decidir de qué hablan los demás cada vez que aparecemos en una conversación. Nadie es dueño en exclusiva de los hechos en los que participa, ni puede impedir que otros hablen de su propia experiencia. También hay ocasiones en las que informar es una obligación, especialmente cuando están en juego responsabilidades profesionales, derechos de terceros o decisiones que exigen transparencia. Si tenemos la obligación de proporcionar una información necesaria para que alguien tome una decisión, callarla no es discreción.

Sería cómodo echarles toda la culpa a los bocazas profesionales, esa especie que parece tener la necesidad biológica de rellenar cualquier pausa con información ajena. Pero conviene no ponerse estupendos. Seguramente todos hemos contado alguna vez una anécdota que no era nuestra o hemos dado por hecho que algo podía decirse porque no parecía importante. Yo, desde luego, no voy a presumir de una prudencia infalible. Lo interesante es aprender a darse cuenta a tiempo de que uno se está metiendo donde no le llaman.

Quizá bastaría con preguntarnos, antes de hablar, si nos corresponde contar aquello, si la persona afectada querría que lo hiciéramos y si quien va a escucharlo necesita realmente saberlo. No hace falta un examen filosófico ni convocar a un comité de expertos. Es apenas un segundo de reflexión antes de abrir la boca, algo que, visto el panorama, quizá debamos empezar a considerar una habilidad extraordinaria. Ese pequeño esfuerzo también exige aceptar que hay asuntos que no nos corresponden, aunque tengamos la posibilidad de intervenir.

Dice el refrán que tenemos dos orejas y una sola boca para escuchar el doble de lo que hablamos. Nunca me ha parecido mal consejo, aunque se queda a medias, porque escuchar mucho es precisamente lo que acaba llenando el bolsillo. Lo que el refrán no explica es qué hacemos luego con todo lo oído. Y si ya cuesta aprender a manejar la información propia, puede que lo sensato sea empezar por no disponer tan alegremente de la ajena.