Por 6 millones de euros
Hay cifras que se pronuncian con una sonrisa impecable y una música de fondo que parece inofensiva. Las escuchamos cada mañana sin detenernos demasiado, como si fueran parte del paisaje sonoro del país. A veces conviene preguntarse qué significa realmente convivir con ellas.
Todas las mañanas suena la radio en el coche camino del colegio. No siempre presto atención. A veces es solo ruido de fondo, una sucesión de noticias, tertulias y anuncios que se cuelan entre los semáforos. Pero hay una cuña que nunca pasa desapercibida.
“Hoy puedes ganar 6 millones de euros”.
La voz es entusiasta. Alegre. Promete un cambio de vida en apenas unos segundos. La música acompaña, brillante, optimista. Y mientras esa promesa flota en el aire, miro por el retrovisor y veo mochilas, uniformes, caras aún medio dormidas.
Paréntesis necesario antes de seguir.
Al final del post hay un bonus para quienes están en la lista de correo.
Se llama «Un post a la semana, o cuando sale», es gratis, llega por mail y está pensada para leer con calma, lejos de gurús y del algoritmo.
Luego no digas que no avisé. Seguimos.
No deja de resultarme incómodo.
Porque no hablamos de una casa de apuestas escondida en un bajo con luces de neón. No hablamos de un anuncio en una web dudosa. Hablamos de una institución que forma parte del imaginario colectivo, de algo que asociamos a tradición, a ayuda social, a vendedores con chaleco verde que forman parte del paisaje urbano desde hace décadas.
Y, sin embargo, el mensaje es el mismo: puedes cambiar tu vida si compras un número.
En los informes sobre la industria del juego en España se repite una idea incómoda: el volumen principal del dinero no lo mueven las apuestas deportivas ni los casinos en línea, sino el juego público tradicional. Las loterías estatales y la ONCE concentran una parte mayoritaria del ingreso neto del sector . El juego público duplica en tamaño al conjunto del juego privado presencial y en línea .
Esto descoloca el relato habitual.
Hemos construido un discurso moral muy severo frente a las apuestas deportivas, especialmente cuando se asocian a barrios vulnerables o a jóvenes. Hemos legislado la publicidad, limitado horarios, restringido promociones. Y, sin embargo, cada mañana, en horario infantil, suena una promesa multimillonaria en la radio generalista.
No es una crítica simplista. La ONCE cumple una función social evidente. Genera empleo, financia programas, sostiene proyectos que de otro modo no existirían. Esa dimensión es real y sería injusto ignorarla.
Pero la pregunta no es si la labor social existe.
La pregunta es qué normalizamos como sociedad cuando envolvemos el juego en una narrativa benéfica.
El refrán que me ronda desde hace años es duro: jugar por necesidad, perder por obligación. Resume una intuición que muchos comparten aunque no siempre se verbalice. Quien juega esperando salir de un apuro rara vez sale reforzado. La estadística no está diseñada para premiar la urgencia.
Y, sin embargo, la publicidad no apela a la estadística. Apela al deseo.
Seis millones de euros.
No es solo una cifra. Es una fantasía de rescate. Cancelar la hipoteca. Dejar un trabajo que asfixia. Garantizar estudios, viajes, tranquilidad. En un contexto de precariedad estructural, de salarios que no crecen al ritmo del coste de la vida, esa cifra funciona como un atajo emocional.
Lo inquietante es que el atajo se ofrece desde una institución con legitimidad moral.
En el análisis del sector se habla de crecimiento, profesionalización y regulación . Se cuantifican ingresos, empleos, impacto fiscal. Todo eso es necesario. Pero hay una capa cultural que no siempre se mide: la interiorización del azar como vía razonable de mejora social.
Cuando los niños escuchan cada mañana que alguien puede ganar millones comprando un cupón, no reciben una clase de probabilidad. Reciben un relato.
Y el relato es poderoso.
Durante años hemos señalado el peligro de las máquinas de alta intensidad y de las aplicaciones que convierten el juego en algo inmediato y constante . Pero quizá hemos sido menos exigentes con aquello que consideramos tradicional, casi entrañable.
Hay una doble vara de medir.
Por un lado, el juego privado es sospechoso, agresivo, potencialmente dañino. Por otro, el juego público es tradición, solidaridad, costumbre semanal. Sin embargo, ambos comparten un núcleo común: la expectativa de beneficio individual basada en el azar.
La diferencia está en el relato que los envuelve.
Ahí aparece el doble rasero.
Como sociedad, necesitamos ingresos fiscales. Necesitamos financiar políticas públicas. Necesitamos sostener estructuras que generan empleo. Pero también necesitamos coherencia en el discurso. No podemos presentar el juego como problema cuando lo gestionan empresas privadas y como virtud cuando lo hace una institución con buena reputación.
La cuestión no es prohibir ni demonizar.
La cuestión es ser honestos.
Si el juego es una actividad con riesgos, lo es en todos sus formatos. Si puede generar ilusión sin consecuencias graves para la mayoría, también puede convertirse en una trampa para quienes juegan desde la necesidad. Y esa necesidad no distingue entre cupón, décimo o apuesta en línea.
Cada mañana, al apagar la radio antes de que termine la cuña, me pregunto qué estamos enseñando sin darnos cuenta.
Quizá el verdadero problema no sea que exista un premio de seis millones de euros.
Quizá el problema sea que lo hayamos integrado como banda sonora cotidiana, como si la posibilidad remota de un golpe de suerte fuera un componente natural del desayuno.
En un país donde el esfuerzo individual no siempre garantiza estabilidad, el azar se convierte en una promesa seductora. Y cuando esa promesa viene avalada por instituciones respetadas, la crítica se vuelve incómoda.
Pero la incomodidad también es una forma de higiene social.
No se trata de dejar de comprar un cupón ni de señalar a quien lo hace. Se trata de revisar el mensaje que repetimos sin cuestionarlo. De reconocer que el juego, aunque esté revestido de buenas intenciones, sigue siendo juego.
Y que ningún jingle optimista cambia la aritmética.
Seis millones de euros suenan bien en la radio.
La probabilidad de que cambien tu vida es otra historia.
¿Recuerdas que al principio dije que había un bonus?
Está justo debajo.
El post termina arriba. Esto es el postre.
Si sigues, es porque quieres.
Esta semana damos un paso al lado y nos alejamos de las temáticas recientes para centrarnos en algo que forma parte del paisaje habitual, pero no quiero enrollarme, mejor os dejo con estos pensamientos en formato audio.
Ah se me olvidaba... hace unas semanas, en algún lugar, dije que estaba haciendo un side project y creo que ya os puedo adelantar algo sobre él.
Se trata de una web con entrevistas, una por semana, a diferentes administradores de fincas, 52 perfiles que nos permitirán conocer a la persona detrás del profesional. A lo mejor ya has recibido la invitación para participar, a lo mejor te apetece hacerlo... si es así solo has de mandarme un mensaje.
En unas semanas lanzaré la web con la primera entrevista, en nada estará en vuestras pantallas ;)