Voy camino del trabajo, un día más que hago la ruta que separa mi casa del trabajo, tan a penas cinco kilómetros en los que me cruzo con una multitud de coches, principalmente familiares, de los cuales la mayoría tienen una cosa en común... las malditas pantallitas.

No me cabe en la cabeza, ni como ser humano, ni como padre que sean las ocho y media de la mañana y la mayoría de los críos que veo en los coches estén atontados delante de las pantallas, en la mayoría de los casos viendo dibujos. Yo también llevo a mis hijas al colegio de vez en cuando con el coche, pero creo que en un trayecto que nos puede durar de cinco a diez minutos hay cosas más importantes que hacer con los hijos que sentarlos, ponerles una pantalla y olvidarnos de que están ahí.

Se que posiblemente mis hijas sean bichos raros, pero pese a tener a su alcance tablets, móviles, ordenadores, etc., no sienten la necesidad de ver el mundo a través de una pantalla, o posiblemente sea por eso, porque las tienen ahí, a su alcance, pero ven que en casa, por regla general, las pantallas cuando se utilizan es porque hay un fin, porque se está haciendo algo y son una herramienta para conseguirlo.

También soy plenamente consciente que cuando mis hijas están fuera de casa, o mejor dicho, cuando están sin nosotros la cosa cambia. Me ha costado mucho asumir que a los abuelos les puede gustar enseñarles los típicos videos graciosos que no verán en mi móvil, o que si van a casa de alguna compañera vean normal que esta juegue con un móvil o un tablet, es lo que hay, es el entorno en el que están creciendo, pero por suerte cuando están en casa puedo estar tranquilo al saber que van a encontrar con qué jugar sin recurrir a tener una televisión encendida y estar abducidas por ella.

Pero claro, esto no es algo que se consiga de hoy para mañana, no hay recetas mágicas que nos permitan tener esa tranquilidad, es un trabajo del día a día, es una carrera de fondo en la que hay que hacer esfuerzos, supongo que será más sencillo montar en el coche, poner los dibujos en marcha y que no te interrumpan los críos con sus cosas que prestarles atención y contestar los centenares de preguntas que te pueden hacer en cualquier trayecto.


Si, a mi también me saturan mis hijas cuando parece que las preguntas no van a acabar, o cuando se ponen a discutir por la tontada de turno, pero es mi responsabilidad el enseñarles  a reconducir estas situaciones, y no voy a negarlo, disfruto enormemente de esos  ratos que paso con ellas, porque llegará el día en que no vengan a mi para buscar respuestas, en que no les apetezca hablar de lo que han hecho en el Colegio... y mientras ese día se acerca mi propósito es disfrutarlo al máximo.