Los días perfectos
Un día cualquiera, sin planes ni promesas, termina siendo el que mejor recuerdas. Y no sabes si fue suerte o solo un rato de calma bien repartida.
Hay podcasts que pones de fondo, como ruido amable, y otros que te obligan a bajar el fuego de la sartén y escuchar; este de Hotel Jorge Juan, con Jacobo Bergareche, pertenece claramente a los segundos. Hablan de los días perfectos, y la idea parece ligera, casi decorativa, pero al rato entiendes que están hablando de otra cosa: de esos días que se instalan en la memoria sin pedir permiso, los que vuelven con la precisión de un olor que reconoces antes de saber de dónde viene.
Javier Abnar, el presentador, empieza contando algo que podría pasarnos a cualquiera: a veces las cosas se conectan sin lógica aparente, lo que él llama «señales cósmicas», aunque lo dice medio en broma. Cuenta que, el mismo día, fue al teatro a ver la adaptación de Los días perfectos y, al llegar a casa, leyó un capítulo de las memorias de Flee, el bajista de los Red Hot Chili Peppers. Dos mundos distintos que, sin saberlo, acabaron cruzándose en un mismo punto: la descripción de un día corriente que, sin motivo, se vuelve redondo.
Flee lo titula 333, el número que en la numerología se conoce como el angelical, una especie de recordatorio de que cuerpo, mente y espíritu están alineados. Él lo usa sin devoción, pero con fe suficiente en esa coincidencia íntima que todos hemos sentido alguna vez. En su relato no hay nada excepcional: se levanta temprano, camina al colegio, juega un tres contra tres, presenta un trabajo sobre Berlioz, come pizza, charla con una chica, toca la trompeta, cena espaguetis, lee en la cama, ve a los Lakers; una cotidianidad sin coraza, desnuda, pero exacta. Y, sin embargo, al leerlo, se entiende que hay una música interna, un equilibrio del que no se presume.
Esa imagen, dice Bergareche, le resulta familiar porque en su novela los días perfectos tampoco tienen decorado ni épica. Son los días que se podrían pagar con suelto, los que huelen a arroz frito, saben a conversación sin prisa y suenan a trompeta mal tocada. «No pasa nada que no pueda pagarse cualquiera, cualquier día, en cualquier sitio», dice el narrador, y lo que asoma en esa frase no es modestia, sino claridad: la vida funciona cuando el ruido baja y las piezas encajan solas.
Lo curioso es que, estos días, casi nunca sabemos reconocerlos mientras suceden. Solo después, cuando la memoria ha hecho su trabajo, aparece la textura exacta: la luz, el aire, el ritmo. La mente recorta lo innecesario y guarda lo que estaba en orden, y eso es lo que luego nos visita sin avisar: una imagen, un olor, una voz. Cuando regresan, no traen nostalgia, sino una calma parecida al agradecimiento, como si el cuerpo recordara mejor que nosotros dónde estuvo en paz.
En un momento, Abnar confiesa que esta entrevista es una repetición porque la primera se perdió, y Bergareche responde con una historia de juventud sobre Leonard Cohen y una periodista que olvidó encender la grabadora. Cohen, con su calma de siempre, la invitó a volver al día siguiente, y treinta años después ella confesó que el cantante había apagado la grabadora a propósito. Lo perdido no siempre es un fallo, a veces es parte del sentido.
Escuchando el episodio pensé que esos días, los que de verdad merecen recordarse, no se fabrican ni se merecen; simplemente suceden cuando uno se quita de en medio y deja que la vida haga su trabajo. No los bendice ningún número ni los salva el azar. Llegan cuando el cuerpo está cansado lo justo, cuando no hay prisa ni expectativa, cuando el presente se comporta. Puede ser un sábado sin plan, una comida sencilla, una sobremesa con amigos, una tarde en la que la vida parece obedecer sin alardes.
Quizá por eso permanecen, discretos pero fieles, como si se negaran a desaparecer del todo. No como fechas marcadas, sino como atmósferas que regresan cuando menos lo esperamos: el olor de un aceite, la luz en una habitación, una frase que vuelve entera. Los días perfectos, si existen, son esos que uno no intenta atrapar, los que simplemente se dejan estar.