La trampa de la disponibilidad permanente

Hemos normalizado que un administrador de fincas esté siempre disponible, como si fuera un servicio on demand. Pero ni el médico atiende en festivo, ni el dentista abre de noche, ni el taller repara coches a medianoche. ¿Por qué entonces exigimos lo contrario a nuestra profesión?

La trampa de la disponibilidad permanente
Photo by Milo Bauman / Unsplash

En nuestra sociedad en general, en nuestra profesión en particular, se ha instalado un espejismo peligroso: la idea de que el valor de un administrador de fincas se mide en su capacidad para estar siempre disponible. Como si la profesionalidad consistiera en contestar correos a medianoche, atender llamadas en festivos o fingir que no hay límites entre la vida laboral y la personal. El problema no es solo individual, es colectivo. Mientras uno marca límites razonables, otro presume de responder a cualquier hora. Y lo que podría ser un gesto de responsabilidad personal se convierte en un lastre para todos.

No hay duda de que existen incidencias que requieren actuación inmediata, como una fuga o un corte de suministro. Pero la mayoría de interrupciones que recibimos no entran en esa categoría: son consultas menores, quejas que podrían esperar o simples desahogos vecinales. Hemos permitido que se instale la expectativa de que cualquier asunto merece atención inmediata, y lo más grave es que esa expectativa no la crea solo el cliente, la alimentamos nosotros mismos cuando aceptamos atender fuera de horario lo que no es urgente.

Por eso es tan importante entender que el valor se construye en colectivo. De nada sirve que un despacho decida priorizar solo las urgencias fuera de horario si al lado otro sigue respondiendo a cualquier consulta como si fuese una emergencia. La campaña de horarios lanzada por el CGCAFE va en esa dirección, proponer que las juntas se celebren a primera hora de la tarde no es un detalle menor, es un recordatorio de que nuestra profesión no puede girar en torno a reuniones interminables a las diez de la noche ni a llamadas que invaden cualquier espacio de la vida personal. Ajustar los horarios significa poner orden, facilitar la conciliación y recordar a los propios comuneros que la calidad del servicio también depende de respetar el tiempo de quienes lo prestan.

Y lo curioso es que en muchos otros ámbitos lo entendemos sin problemas. Nos adaptamos al horario de consulta del médico, aunque nos venga mal, pedimos cita con el dentista sabiendo que no abrirá en domingo, llevamos el coche al taller en horas de trabajo porque es cuando atienden, acudimos a las reuniones del colegio cuando las convocan, aunque nos partan la tarde. En todos esos casos asumimos sin protestar que hay un marco y que somos nosotros quienes nos ajustamos. ¿Por qué entonces con la administración de fincas nos empeñamos en que ocurra lo contrario, en que sea el profesional quien viva pendiente de nuestra agenda?

Algo parecido ocurre con los honorarios. Trabajar por debajo de los costes de producción no es un gesto de competitividad, es un ataque directo a la sostenibilidad del sector. Lo barato y lo inmediato acaban imponiéndose como falsa medida de valor si no defendemos colectivamente que nuestra labor tiene un precio justo y unos tiempos razonables. Responder con mensajes automáticos o aparentar disponibilidad veinticuatro horas tampoco es una solución: no mejora la relación con el cliente, la degrada, porque la confianza no se construye con rapidez sino con soluciones consistentes, y esas requieren tiempo, análisis y coordinación.

La pregunta es si estamos dispuestos, como sector, a asumir esta responsabilidad. Porque no se trata de que cada uno defienda su tiempo como pueda, se trata de establecer un estándar común. Uno que diga alto y claro que atender urgencias fuera de horario es una excepción, no una rutina. Que trabajar con dignidad significa cobrar lo justo, no menos. Que no atender a todas horas no es desidia, es sostenibilidad.

Un administrador de fincas no es un botón de emergencia ni un mayordomo disponible en cualquier momento. Es un profesional que sostiene el funcionamiento de comunidades enteras, y eso merece respeto. El reto no está en que cada uno sepa decir “ahora no”. El verdadero reto está en que sepamos hacerlo todos, como colectivo. Solo entonces dejaremos de medir nuestro valor en la rapidez de la respuesta, y empezaremos a hacerlo en lo que realmente importa: la calidad de la gestión.

Y ahora que llega septiembre y volvemos a la rutina, merece la pena hacerse una última pregunta: ¿qué ha pasado en agosto en tu despacho? ¿Has tenido vacaciones de verdad o parte del personal, incluso tú mismo, se ha quedado con el teléfono en la mano esperando las llamadas?