La mañana y sus trampas
Hoy me salgo un poco de lo de siempre. Mi mañana típica no es la típica mañana y, si me ves, igual piensas que estoy de ocio. Para mí es rutina. Y en cuanto una rutina se asienta, empiezan las trampas: pequeñas, convincentes, con la excusa de «un momento»
No sé muy bien por qué cuento esto… nadie me lo ha pedido, y además, si lo lees por encima, parece el típico relato de «mira qué bien me organizo»: colegio, podcast, gimnasio, piscina, café. Casi suena a ocio con agenda, a mañana de vacaciones bien aprovechada.
Y sin embargo no. O, mejor dicho, sí es ocio, pero se ha convertido en mi día a día. Y eso tiene un punto raro, porque cuando lo verbalizas te sale una especie de disculpa automática, como si tuvieras que justificar que tu mañana, ahora, se mide en cosas que no producen nada salvo… bienestar, cansancio, algo de orden. Ya ves tú qué escándalo.
Paréntesis necesario antes de seguir.
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Luego no digas que no avisé. Seguimos.
La rutina, cuando no se tuerce, empieza llevando a mis hijas al colegio. Aparco el coche y, antes de que el día se ponga serio del todo, grabamos nuestro podcast privado casi diario. Llevamos ya unos cuantos cursos haciéndolo y se ha quedado como parte del paisaje.
Lo llamo podcast porque es lo más fácil, pero no tiene nada de proyecto. No se edita, no se publica, no se comparte. Es una conversación con micrófonos y ya está. A veces hablamos del colegio, otras del día anterior, otras de cualquier cosa que se cruza por medio. Hay días más animados y días más espesos. Como en cualquier conversación de coche. Y funciona precisamente por eso.
Cuando terminamos, bajo andando hasta el gimnasio.
Y aquí me sale otra explicación que tampoco debería hacer falta, pero la hago igual: ese tramo no es «salir a pasear». No es un rato para despejarme ni un capricho de urbanita saludable. Es parte de la rutina, sin más. Antes ese trayecto se hacía largo por motivos obvios; ahora simplemente llego. A veces me doy cuenta de que he llegado sin estar contando los pasos, que es una manera muy tonta de notar que algo va cambiando.
Una vez dentro del gimnasio, lo habitual: cinta, elíptica, remo, algo de fuerza… y casi siempre piscina. La piscina es donde se me ordena todo. No porque sea un templo ni nada de eso, sino porque dentro del agua se acaban las excusas. No puedes hacer dos cosas a la vez. No puedes «aprovechar» para mirar nada. Te metes, haces largos, respiras, sigues.
Y ahí está, para mí, la unidad de medida de una mañana buena.
Antes la medida era otra, claro. Era sentarte, avanzar, contestar, cerrar cosas. Era el escritorio y la sensación de tener el día bajo control. Ahora la medida es mucho más física y, curiosamente, más honesta: si he hecho piscina, la mañana ha tenido sentido. Si no, se queda esa sensación de haber estado dando vueltas alrededor de algo sin llegar a entrar.
Y aquí viene la parte confesable, la que me da un poco de pudor porque es absurda… pero es real.
La grieta suele ser una tontería: un café.
El café no tiene culpa. El café es inocente. El problema empieza cuando me siento «un momento» y aparece el pack completo: portátil fuera, móvil en la mano, esa idea de «ya que estoy miro esto». No hay una decisión consciente de alargar nada. No hay un «voy a perder la mañana». Es más bien una cadena de gestos normales, casi automáticos: mirar un correo, abrir un enlace, responder dos líneas, comprobar algo rápido.
Y se me escapa el tiempo.
No pasa nada especial. No hay urgencias, ni drama, ni noticias que te cambien el día. Es lo de siempre, y por eso engancha tan bien: cosas pequeñas que prometen orden y te devuelven cansancio. Cuando levanto la vista, me encuentro con que el rato «de café» ya no es un rato. Y lo peor no es el tiempo en sí, sino la sensación de haberlo gastado en algo que no me deja nada en el cuerpo, ni en la cabeza… solo ruido.
En ese punto empiezo a regatearme: «luego entro», «todavía da tiempo», «no pasa nada por retrasarlo un poco». La pantalla siempre te compra ese discurso. Siempre te dice que sí. El cuerpo, cuando le toca, no.
Y entonces aparece otra tentación, la más peligrosa: dar la mañana por perdida.
Como si no haber entrado cuando tocaba invalidara el resto. Como si llegar tarde fuese lo mismo que no llegar. Y no. Lo que sí suele acabar mal es quedarte donde estás, seguir haciendo scroll (sí, lo llamo por su nombre), prolongar la excusa para no enfrentarte a la sensación de «me he distraído con una chorrada».
Así que a veces lo único sensato es cortar.
Cerrar el portátil. Guardar el móvil. Ponerte el gorro. Esperar tu calle. Y meterte.
No para compensar nada, ni para «recuperar» la mañana como si esto fuera una cuenta de resultados. Meterte porque ese era el plan. Porque es, ahora mismo, la manera en la que me ordeno. Porque una mañana con brazadas, aunque sea tarde y mal, me deja mejor que una mañana con pestañas abiertas.
Y aquí es donde me sale la parte de la excusa, la explicación no solicitada de la que hablaba al principio.
Porque si lo cuento parece que me paso el día entretenido: que si gimnasio, que si piscina, que si «podcast con las niñas». Y no quiero que suene a pose, ni a método, ni a versión doméstica del wellness de Instagram. No es eso. Son rutinas que han ocupado el sitio de otras cosas. Son mi manera de tener un suelo firme, de no dejar que la mañana sea una bolsa de horas blandas.
Y aun así… la pantalla se cuela.
No como villana, no como «la tecnología mala». No va de demonizar nada. Va de que hay cosas que empujan y cosas que absorben. El agua empuja. El movimiento empuja. La conversación empuja. La pantalla, si no andas atento, absorbe con una suavidad engañosa. No te quita el tiempo de golpe, te lo va limando como quien no quiere la cosa.
Por eso esto, aunque esté enmarcado en una mañana concreta, me resulta bastante atemporal. No depende de un día ni de una hora exacta. Depende de un mecanismo que se repite: la mañana tiene una forma, aparece un café, la pantalla propone «solo un momento», y ahí decides si te dejas llevar o si te levantas.
Y lo más curioso es que la piscina sigue ahí. No insiste. No avisa. No te persigue. Espera, como si supiera que, con suerte, tarde o temprano te vas a acordar de lo que de verdad te hace bien.
En fin… que sí, que suena a ocio. Y sí, que lo es. Pero también es rutina, y es disciplina, y es una manera de volver a mí cuando todo lo demás se vuelve demasiado fácil de aplazar con una pantalla delante.
Y cuando toca, toca: guardo el móvil… y me meto en el agua.