La generación que no sabe aburrirse

Crecieron rodeados de estímulo constante, primero como entretenimiento y después como normalidad. Ahora empezamos a ver qué ocurre cuando una generación entera descubre que el verdadero cambio no estaba en las pantallas, sino en lo difícil que se ha vuelto simplemente no hacer nada.

La generación que no sabe aburrirse
Photo by Ludovic Toinel / Unsplash

Semana Santa. Vacaciones. Días en los que los horarios se aflojan un poco, los niños no tienen clase y los restaurantes se llenan de familias que están claramente fuera de su rutina habitual.

En una de esas comidas, en una mesa cerca de la nuestra, había una escena que seguramente todos hemos visto ya tantas veces que ha dejado de llamarnos la atención: dos niños, cada uno con su pantalla, en una corrían dibujos animados y en otra un juego con sonidos brillantes y repetitivos; los padres, enfrente, también con sus teléfonos, alternando conversaciones cortas con miradas rápidas hacia sus propias pantallas.

Nadie parecía incómodo ni especialmente ausente. Simplemente era lo normal.

Los niños comían sin protestar, los padres podían terminar la comida sin negociar cada bocado y el restaurante mantenía ese ruido constante de platos, conversaciones cruzadas y algún sonido de notificación que ya forma parte del paisaje sin que nadie lo perciba como algo extraño. Todo funcionaba, y precisamente por eso la escena resultaba interesante.

No porque hubiera nada exagerado ni porque alguien estuviera haciendo algo mal. No había tensión, ni discusiones, ni esa sensación de descontrol que a veces acompaña estos debates. Más bien al contrario: era una escena tranquila, eficiente incluso.

Y sin embargo había algo distinto, algo difícil de señalar si no te paras un momento.

No tenía que ver exactamente con las pantallas. Tenía más que ver con lo que ya no estaba allí. Con esos pequeños tiempos muertos entre plato y plato que antes se llenaban con preguntas sin importancia, comentarios improvisados o simplemente mirando alrededor sin hacer nada en particular. Ese tipo de momentos que parecían no servir para nada y que, vistos con cierta distancia, probablemente servían para más de lo que pensábamos.

Ahora esos huecos casi han desaparecido, no porque alguien haya decidido eliminarlos sino porque hemos aprendido a rellenarlos automáticamente, sin pensarlo, sin decidirlo, como quien enciende una luz al entrar en una habitación sin ser consciente del gesto.

No parecía que esos niños estuvieran especialmente enganchados ni que los padres estuvieran intentando aislarse; más bien daba la sensación de que todos estaban haciendo lo mismo: evitar ese pequeño vacío que aparece cuando no pasa nada.

Y quizá ahí esté la parte interesante.

No en el uso de las pantallas, sino en lo que hemos dejado de tolerar sin ellas.

Mientras miraba aquella mesa me di cuenta de que probablemente la diferencia entre esa escena y la misma escena de hace quince años no está en los dispositivos. Está en nuestra relación con el aburrimiento.

Y eso conecta con algo que vuelve a aparecer cuando uno escucha a los primeros adultos que han crecido rodeados de estímulo constante. No hablan tanto de adicción como de costumbre ni tanto de dependencia como de problema; hablan sobre todo de normalidad, de lo difícil que resulta hacer una sola cosa sin tener otra de fondo.

Hace unas semanas ya apareció esta idea en el blog al hablar de El miedo al cero y la lógica de la recompensa, donde la reflexión giraba alrededor de cómo los sistemas de incentivos acaban moldeando el comportamiento mucho más de lo que creemos. Entonces la cuestión era cómo decidimos. Aquí empieza a parecer que el cambio más profundo no está en lo que decidimos, sino en desde dónde decidimos.

Hace unos días escuchaba precisamente a varios jóvenes de poco más de veinte años describiendo esto con bastante naturalidad. No lo contaban como una advertencia ni como una denuncia. Lo contaban como quien describe el entorno en el que ha crecido.

No decían que empezaron a usar pantallas. Decían, casi sin darse cuenta, que siempre habían estado ahí.

Y esa diferencia no es pequeña.

Paréntesis necesario antes de seguir.

Al final del post hay un bonus para quienes están en la lista de correo.
Se llama «Un post a la semana, o cuando sale», es gratis, llega por mail y está pensada para leer con calma, lejos de gurús y del algoritmo.

Luego no digas que no avisé. Seguimos.

Parece interesante

Porque una cosa es adaptarte a una tecnología y otra muy distinta es haber construido tu forma de atención dentro de un entorno donde el estímulo constante es la normalidad, donde el silencio empieza a resultar extraño y donde no hacer nada empieza a sentirse como una anomalía.

El cerebro, al final, hace exactamente eso: se adapta.

Si recibe estímulo constante, aprende a necesitar estímulo constante. Si recibe recompensas rápidas, aprende a esperar recompensas rápidas. Si recibe pequeñas dosis de novedad cada pocos segundos, empieza a interpretar la calma como si fuera ausencia de señal.

Tal vez el verdadero cambio no esté en la tecnología. Tal vez esté en cómo ha aprendido nuestro cerebro a esperar recompensa incluso cuando no la necesita.

Durante años repetimos aquello de que si algo es gratis el producto somos nosotros, pero incluso esa frase se queda corta. No somos el producto. Nuestro tiempo lo es, y más concretamente nuestra capacidad de permanecer cuando ya no hay nada especialmente interesante que ver.

Eso no ocurre por casualidad. Ocurre porque hay equipos enteros dedicados exactamente a eso: a medir qué hace que vuelvas, qué hace que te quedes y qué hace que no cierres una aplicación aunque ya no haya nada nuevo.

Cuando una industria entera se profesionaliza alrededor de maximizar tiempo de permanencia, el resultado difícilmente puede ser neutro. No lo fue con el tabaco, no lo fue con el juego y probablemente tampoco lo sea aquí.

Lo curioso es que esto no solo les pasa a los que crecieron así. Si somos honestos, muchos adultos también hemos ido cayendo en esa misma lógica sin darnos cuenta, no porque alguien nos obligara sino porque el diseño funciona exactamente como está pensado que funcione.

Quizá por eso el indicador más claro no sea el uso intensivo. Quizá sea la incomodidad cuando no hay uso: cuando esperar sin mirar el móvil se hace raro, cuando caminar sin auriculares parece tiempo perdido o cuando sentarse sin estímulo genera una ligera inquietud difícil de explicar.

Ahí probablemente está la señal.

No en cuánto usamos la tecnología, sino en cuánto nos cuesta no usarla.

Porque entonces deja de ser una cuestión de pantallas y pasa a ser una cuestión de autonomía: de capacidad de elegir, de capacidad de estar, de capacidad de no hacer nada sin sentir que deberíamos estar haciendo algo.

Quizá dentro de unos años veremos esta etapa como el momento en el que empezamos a entender que la tecnología no solo amplifica nuestras capacidades, sino que también puede reconfigurar nuestros umbrales de atención si no somos conscientes de cómo convivimos con ella.

Y quizá la conversación interesante no sea si las pantallas son buenas o malas. Quizá sea si sabemos usarlas sin que ellas acaben usándonos a nosotros.

Porque tal vez la pregunta importante no sea cuánto tiempo pasan los jóvenes mirando pantallas. Quizá sea cuánto tiempo somos capaces de pasar nosotros sin necesitarlas.

O, dicho de una forma bastante menos tecnológica y bastante más incómoda, cuánto tiempo somos capaces de estar a solas con nuestros propios pensamientos sin sentir la necesidad inmediata de escapar de ellos.

Aquella mesa del restaurante probablemente ya ni la recuerde.

Pero la escena sí.

Porque no tenía nada de extraordinario.

Y precisamente por eso merecía la pena pensar en ella.

Bonus track: La tolerancia al aburrimiento