La escala de lo necesario

Cuando el lema de una organización es lo que sea, donde sea y cuando sea, entiendes que su trabajo no se mide como el resto. La escala es otra.

La escala de lo necesario

A las 15:15 horas del sábado 13 de diciembre de 2025, un convoy de unos veinte vehículos particulares hacía fila en el control de accesos de la Base Aérea de Zaragoza.
Coches normales. Civiles. Gente esperando sin saber exactamente cuándo se iba a abrir la barrera.

No había nervios. Tampoco información.
Simplemente estábamos allí.

Al cabo de un rato apareció un todoterreno. Se detuvo junto al control. Bajó un oficial uniformado y, sin levantar la voz ni montar escena, empezó a indicarnos que avanzáramos. Comprobaban identidades. Uno a uno. Con calma. Con método.

Ahí empezó la jornada.

Era el arranque de un encuentro organizado por el Ala 31 del Ejército del Aire y del Espacio junto con Sony España, pensado para un grupo reducido de aficionados a la fotografía aeronáutica. Una jornada que se alargaría hasta bien entrada la noche.

La fotografía era el hilo conductor.
No como excusa difusa, sino como práctica real.

El grupo era pequeño. La mayoría, gente muy metida en este tipo de fotografía, acostumbrada a esperar, medir y repetir. Y luego estaba yo, que soy simplemente aficionado a la fotografía, invitado por la persona que había organizado todo aquello. Sin más pretensión que mirar con atención y no estorbar.

Cuando cruzamos la puerta del hangar, el contexto se impuso solo.
Dentro había dos Airbus A400M Atlas.

Para situarnos: cada uno ronda los 45 metros de largo, tiene una envergadura de más de 42 metros y una cola que supera los 14 metros de altura. Incluso en vacío imponen. En condiciones operativas pueden despegar con más de 140 toneladas.
No son “aviones grandes”. Son volumen construido.

El espacio no admite interpretación. Te coloca antes de que puedas pensar qué hacer con la cámara. Techo alto, luz homogénea, suelo pulido que refleja sin buscarlo. Líneas rectas, simetría, orden. Todo está dispuesto para trabajar. Nada está allí para posar.

Los aviones no están expuestos. Están en su sitio. En mantenimiento, en revisión, en preparación. Y eso se nota en cada encuadre posible. No hay dramatismo añadido. No hace falta.

El acompañamiento de Sony fue exactamente lo que tenía que ser: apoyo técnico cuando hacía falta y silencio cuando no. La conversación giró alrededor de lo que había delante: cómo enfrentarse a volúmenes enormes sin exagerarlos, cómo aprovechar simetrías que ya existen, cómo decidir qué dejar fuera del encuadre. Fotografía como decisión, no como acumulación.

Por parte del Ala 31, el tono fue el mismo. Explicaciones claras, sin relato añadido. Allí no se habla de grandes conceptos, pero el lema está presente en todo: lo que sea, donde sea y cuando sea. Tan grande como el hangar. Tan asumido que no hace falta decirlo en voz alta.

Las fotos salen de eso.
Narices alineadas. Hélices quietas. Colas que casi rozan el techo.
Todo detenido. Todo con peso.

Y, sin embargo, no hay sensación de espectáculo. Hay normalidad. La normalidad de un lugar donde se hace un trabajo complejo de forma repetida, metódica, sin margen para el ruido.

Como civil, eso se nota. Caminas más despacio. Hablas menos. Ajustas el gesto. No porque te lo pidan, sino porque el espacio lo exige.

La jornada fue avanzando. Del hangar a la plataforma. De la luz uniforme del interior al atardecer y la noche. Sin prisa. Sin necesidad de correr detrás de nada.

Las fotos no son el recuerdo de haber estado allí.
Son la consecuencia de haber entendido dónde estábamos.

ALA 31

Y eso explica por qué mereció la pena, desde aquella fila de coches a las 15:15 hasta bien entrada la noche.