Ilusiones necesarias

Vivimos rodeados de acuerdos tácitos, ficciones compartidas que no son del todo verdad, pero hacen que todo funcione. No siempre se sostienen por fuerza, sino por coste social. Mirarlas de cerca no las destruye… pero cambia la forma de habitarlas.

Ilusiones necesarias
Photo by Dawid Zawiła / Unsplash

Hay un instante muy concreto, en la noche de Reyes, en el que los adultos dejamos de ser adultos… o, al menos, dejamos de fingir que no sabemos cómo funciona la maquinaria. Nos convertimos en técnicos de la ilusión: control de ruidos en el pasillo, gestión de envoltorios, ese «a ver si no cruje el parquet ahora» que te sale del alma, un vaso de agua «por si acaso» y la coreografía de actuar como si nada mientras, por dentro, vas con el cronómetro. La magia tiene mucho de logística. Y no pasa nada. De hecho, quizá eso es lo más bonito: que lo hacemos igual, año tras año, no por ingenuidad, sino por acuerdo… un pacto de esos que no se firman, pero se cumplen.

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Con la sociedad pasa algo parecido, solo que no ocurre una vez al año. Y tampoco tiene una escena tan clara ni tan entrañable que nos avise de que estamos «jugando». Vivimos dentro de ficciones compartidas, acuerdos tácitos que no son exactamente mentiras, pero tampoco verdades objetivas. Son historias prácticas: el dinero vale porque actuamos como si valiera, la empresa existe porque hay un CIF y un organigrama, el país es porque hay fronteras, mapas, escuelas, himnos… y un montón de gente comportándose como si eso fuese lo normal. No es que estemos engañados, es que estamos coordinados. Y coordinarse, cuando el grupo es grande, casi siempre tiene un precio.

La trampa, si hay trampa, no es que existan estas ilusiones. La trampa es que muchas funcionan mejor cuanto menos las miras y, cuando las miras, te das cuenta de algo incómodo: no siempre se sostienen por fuerza, sino por lo que te juegas al llevar la contraria, por decir «yo no lo veo así» sin que te caiga encima el peso del grupo. Esto lo hemos visto mil veces en pequeño. En una reunión, por ejemplo: todo el mundo asiente, tú notas que el plan no va a salir, pero callas porque no quieres ser «el negativo», porque estás cansado o porque tampoco te apetece convertirte en el que siempre pone problemas. Luego el proyecto se estrella, claro… y entonces aparecen las explicaciones a posteriori, como si hubiera sido inevitable, como si el guion ya estuviera escrito.

Internet no inventa esta dinámica. Solo la mecaniza y la acelera. El algoritmo te enseña lo que provoca reacción y acabas confundiendo lo ruidoso con lo mayoritario: «Todo el mundo está hablando de esto»… cuando, en realidad, tu feed lo ha decidido por ti. No hace falta una conspiración (eso es otro género y da para mucho): basta un diseño optimizado para que no te vayas y un cerebro que odia quedarse fuera. Hasta aquí, vale. La psicología lo llama como quiera: disonancia, espiral, sesgos. A mí me interesa más dónde se cuela en la vida, porque hasta aquí todo suena bastante tecnológico… pero lo más potente de estas ilusiones no es lo digital, sino lo cotidiano. Hay ilusiones que no parecen ilusiones. Parecen simplemente «lo normal».

La normalidad es una de las ficciones más baratas y más eficaces. La usamos como martillo: «Lo normal es…» y con eso ya has cerrado media conversación. No describe el mundo, lo ordena, y lo ordena con moral escondida: lo normal acaba pareciendo lo correcto sin que nadie se pregunte si es justo, si es sano o si simplemente conviene. A veces lo normal es solo lo más repetido, y lo más repetido suele tener buenos padrinos: tradición, economía, miedo, pereza colectiva… en fin.

Otra ilusión muy instalada es la de la neutralidad de las instituciones. Nos tranquiliza pensar que hay árbitro, que el procedimiento es limpio, que la máquina no toma partido. Pero los procedimientos son decisiones congeladas: alguien los definió, alguien decide presupuestos, alguien marca prioridades, alguien deja cosas fuera. No es que «todo esté manipulado»… es algo más aburrido y, precisamente por eso, más eficaz: incentivos, inercias, métricas, carreras profesionales, cultura interna. La máquina no conspira, simplemente sigue. La normalidad ordena desde abajo; las instituciones hacen lo mismo, pero con traje y sello… y cuando eso se vuelve costumbre aparecen otras formas de orden que ya no se discuten.

Luego está el mercado, que se nos ha colado como termómetro moral. Confundimos precio con valor con una facilidad que asusta: si es caro, será bueno; si es popular, será verdad; si una aplicación triunfa, será porque «resuelve algo». Lo aplicamos a la vivienda, a la educación, a la cultura… incluso a cómo medimos una vida bien llevada. Cuando el dinero se convierte en argumento, ya tienes media ilusión montada. No es una lógica distinta, es la misma idea de fondo, solo que expresada en cifras.

Todo esto puede sonar bastante abstracto… hasta que se te mete en el cuerpo. La productividad como virtud es una de esas ideas que no hace falta defender en un debate: se instala sola. No es que trabajar sea malo, es que hemos convertido estar ocupado en prueba de valía; descansar no es una necesidad, es un premio que hay que ganarse. Y aquí ya no hablo de teoría, hablo de una tontería doméstica: el otro día me pillé abriendo el móvil en el sofá, sin ganas de nada, solo para «no perder el tiempo»… como si el descanso, si no lo justificas, te lo pudieran retirar.

En ese terreno la meritocracia encaja como un guante bonito. «Si te esfuerzas, lo consigues». Suena limpio, educable, incluso esperanzador y, a pequeña escala, a veces, es verdad. El problema es cuando lo conviertes en relato total: si todo depende del mérito, el que gana «se lo ha ganado» y el que pierde «no se esforzó». La estructura desaparece, el azar desaparece, el punto de partida desaparece… y la culpa acaba siempre en el mismo sitio: en el individuo.

La meritocracia hace esto con el trabajo. El wellness lo hace con el cuerpo. Te vende la ilusión de control total: si haces lo correcto, estarás bien; si no estás bien, es porque no hiciste lo correcto. Es una historia seductora, porque convierte el mundo en algo ordenado… pero la vida tiene genética, entorno, mala suerte, contaminación, estrés, desigualdad, y eso no se arregla con un batido ni con una rutina de mañana.

En redes sociales, la ilusión se vuelve numérica. Tu valor social parece medible: likes, comentarios, visualizaciones… como si el cariño fuera un contador y la pertenencia un gráfico. Es una ficción sofisticada que se engancha a una necesidad muy real: ser visto. En el fondo la promesa es la misma —control, validación, orden—, solo cambia la interfaz.

Luego llega el tecno-optimismo, que es como una fe sin templo: creer que para cada problema humano hay una solución tecnológica. La tecnología ayuda muchísimo, claro… pero hay cosas que son sociales. Y cuando juntas métricas, algoritmos y promesas de mejora constante, acabas creyendo que todo problema es un fallo técnico.

Y aquí viene la pregunta que flotaba desde el principio: ¿cómo sabemos que no hay otras mentiras que nos ocultan sin que lo sepamos, como cuando éramos pequeños? No lo sabemos. No en el sentido de tener un inventario ni de haber salido del sistema. De pequeños la ilusión venía de fuera; de adultos, muchas ilusiones son cómodas y las sostenemos nosotros mismos.

Al final, lo adulto no es vivir sin ficciones. Lo adulto es saber que lo son… y elegir, de vez en cuando, cuáles merecen seguir en pie.

Como en Reyes: nadie rompe la ilusión delante de los críos. Pero conviene recordar, aunque sea de reojo, dónde cruje el parquet. Porque si un día la casa se organiza solo alrededor del teatro, te quedas sin magia… y, lo que es peor, sin casa.

A veces el texto se acaba, pero la conversación no.
Si te apetece, la cocina sigue abierta y el café aún está caliente.