El procedimiento

El día de unas elecciones tiene algo que me descoloca… en el buen sentido. No por el voto en sí, que ya sabemos lo que es y lo que representa, sino por todo lo que ocurre antes de que llegue nadie.

El procedimiento
Photo by Hennie Stander / Unsplash

El día empieza con ese extraño silencio en el que todavía no hay titulares, ni análisis, ni frases redondas… y, sin embargo, todo se está poniendo en marcha.

A esa hora todavía no pasa nada de puertas afuera. No se ve gran cosa. Pero ya hay gente que va hacia los colegios electorales con papeles, acreditaciones, llaves. Algunos con prisa, otros con una desgana que se les nota desde lejos.

Paréntesis necesario antes de seguir.

Al final del post hay un bonus para quienes están en la lista de correo.
Se llama «Un post a la semana, o cuando sale», es gratis, llega por mail y está pensada para leer con calma, lejos de gurús y del algoritmo.

Luego no digas que no avisé. Seguimos.

Parece interesante

Unos se quedan. Otros esperan a que les digan que no hacen falta y vuelven a casa, los suplentes. Los demás no.

Hay quien está ahí porque le ha tocado.
Hay quien está ahí porque es su trabajo.
Y hay quien está ahí porque un partido le ha pedido que esté, o porque su papel consiste, sencillamente, en mirar y dejar constancia de que todo se hace como se debe.

No es una decisión personal. Es una jornada que hay que cubrir para que el mecanismo arranque, por encima de preferencias, de planes o del humor con el que se haya levantado cada uno. Y ese “por encima” es importante, porque explica algo que se nos olvida con facilidad: hay cosas que funcionan precisamente porque no dependen del estado de ánimo de nadie.

En Aragón, este 8 de febrero, el día empieza así.

Y con esa escena delante, a mí se me cuela una idea que escuché hace unos días en otro de nuestros podcasts de referencia, el episodio «Arregla tu parte». No era un episodio sobre elecciones, ni sobre campañas, ni sobre partidos. Era un episodio sobre responsabilidad, de la que no se anuncia ni se celebra: hacer lo que toca cuando nadie está mirando, cuando no hay recompensa y cuando, si no lo haces tú, no lo hace nadie.
(Enlace al episodio en iVoox)

No se hablaba de política… o sí, pero sin decirlo. Porque la política, al final, casi nunca empieza donde creemos. No empieza en los carteles ni termina en la urna. Empieza bastante antes y bastante más cerca. Empieza en cómo cada cual entiende su sitio dentro de algo compartido, imperfecto y frágil, que solo se sostiene si quienes lo forman deciden no hacerlo peor de lo necesario.

En campaña se habla mucho de cambiarlo todo. Muy poco de cuidar lo que ya funciona. Y casi nada de arreglar la parte que nos toca.

Y aquí viene lo delicado, que hay que decirlo con cuidado: esto no va de señalar a nadie por su voto, ni de repartir carnés de buen ciudadano, ni de buscar culpables con siglas. No va de partidos. Va de comportamientos. De hábitos. De lo que se premia y de lo que se deja pasar.

En campaña, por ejemplo, se ve una tentación muy humana: el atajo. La frase que suena bien aunque no aguante dos preguntas. La ocurrencia que tapa el hueco donde debería haber un plan. Y eso no es exclusivo de nadie, ni de un lado ni del otro. Es una manera de hacer política que, poco a poco, se ha ido comiendo el espacio del trabajo serio.

Lo que me preocupa de verdad no es que un político se equivoque. Eso es inevitable. Lo que me preocupa es cuando el error no tiene consecuencias, cuando la improvisación se disfraza de frescura y el ruido sustituye al trabajo. Cuando se acepta como normal que la falta de preparación sea una forma de estilo. Cuando se confunde hablar mucho con hacer bien.

Porque, si lo piensas, la jornada electoral es lo contrario de esa ligereza: hay que estar, hay que firmar, hay que comprobar, hay que contar, hay que repetir, hay que cuadrar. Y si algo no cuadra, se para y se revisa. Sin espectáculo. Sin frases bonitas. Con seriedad.

Ese contraste, a mí, me deja pensando.

Se habla de «pobreza moral» y suena fuerte, sí… pero muchas veces no es más que esto: descuido, dejadez, cinismo de “total, qué más da”. La chapuza como norma. La falta de respeto por el trabajo propio y por el ajeno. Y lo peor es que esa forma de estar se contagia. Se cuela por las rendijas y termina pareciendo inevitable.

A quien se presenta a unas elecciones no habría que pedirle perfección, sino algo bastante más sencillo: responsabilidad. Saber lo que hace, cuidar los detalles y responder cuando algo falla. No es una exigencia ideológica. Es una exigencia básica. De las que valen igual para gestionar un ayuntamiento que para llevar una comunidad de vecinos sin incendios semanales.

Y luego está la otra parte. La que te devuelve a casa y te quita la excusa de “esto es cosa de otros”.

Porque si no se baja a lo cotidiano, todo esto se queda en discurso. Y ahí es donde vuelve a ser útil la teoría del carrito del supermercado, que ya está escrita en el blog y que, si a alguien le apetece, puede releer con calma.
(Enlace al post)

Lo bueno de esa teoría es que no te deja refugiarte en “yo opino” o “yo siento”. Te pone delante una acción mínima, sin vigilancia y sin premio, y te pregunta: ¿qué haces? ¿Lo dejas tirado porque total… o lo devuelves porque es lo correcto, aunque no te vea nadie?

No porque devolver un carrito arregle el mundo, claro.
Sino porque te acostumbra a una forma de estar.

Y cuando esa forma de estar se pierde, se nota en todo: en cómo conducimos, en cómo tratamos a quien trabaja de cara al público, en cómo hablamos del vecino, en cómo toleramos la chapuza, en cómo votamos esperando milagros y luego nos indignamos cuando el milagro no llega.

Por eso me interesa tanto el procedimiento. No como fetiche burocrático, sino como idea práctica: que haya cosas que se hagan bien aunque nadie las celebre. Que haya un sistema que no dependa del brillo de un líder, ni de la ocurrencia de un día, ni del estado de ánimo del que tiene el micrófono. Que la cosa funcione porque mucha gente cumple una parte pequeña, concreta y poco lucida.

A mí me gusta mirar una jornada electoral como una señal de madurez colectiva, no por el resultado, sino por el proceso. Por la cantidad de gente que, sin ser protagonista, cumple su parte para que el sistema funcione. Y no por fe, ni por entusiasmo, ni por afinidad… sino porque es lo que toca.

Así que, si este fin de semana toca votar, yo no me quedaría solo en el “a ver quién gana”. Me fijaría también en lo otro. En lo que no se ve. En los que están ahí desde temprano. En los que se quedan. En los que revisan. En los que cuentan.

Y luego, ya cada cual en su día a día, intentar no contribuir a esa «pobreza moral» de la que hablaba el podcast. La expresión suena fuerte, sí… pero lo que describe es bastante concreto.

Arreglar la parte que nos toca no garantiza que todo vaya bien.

Eso sí… no arreglarla garantiza justo lo contrario.

Vamos con el Bonus del post de hoy, un pensamiento sencillo pero...

¿Recuerdas que al principio dije que había un bonus?

Está justo debajo.

El post termina arriba. Esto es el postre.

Si sigues, es porque quieres.