El ego y el guion
A veces el tema no lo eliges. Llega en forma de correo reenviado y, mientras lo lees, descubres que no habla solo de una experiencia concreta, sino de un clima que todos respiramos. El ego no es una rareza individual; es parte del decorado.
Esta mañana mi mujer, Emma, me ha reenviado una newsletter sin más comentario que un escueto “a ver qué te parece”, y esa frase doméstica, tan habitual como el café de la mañana, ya contiene una invitación a leer con atención y a no despachar el asunto con una opinión rápida. El texto arranca recordando a un profesor de yoga que comenzaba sus clases pidiendo a los alumnos que dejaran el ego fuera de la sala. Durante años, escribe la autora de la newsletter, no entendió del todo aquella frase. Ahora sí.
Paréntesis necesario antes de seguir.
Al final del post hay un bonus para quienes están en la lista de correo.
Se llama «Un post a la semana, o cuando sale», es gratis, llega por mail y está pensada para leer con calma, lejos de gurús y del algoritmo.
Luego no digas que no avisé. Seguimos.
Para explicarlo no recurre a teoría ni a citas grandilocuentes, sino a dos escenas que funcionan como espejo. En una, un club de golf frecuentado por personas mayores donde el saludo es natural, la conversación pausada y la presencia parece ligera, casi despojada de urgencia. Si aparecen niños, surgen figuras que hacen de abuelos improvisados sin que nadie lo haya pedido. En la otra escena, un club donde el cuerpo es proyecto permanente y el espejo ocupa el centro del espacio; allí cada gesto parece orientado a sostener una imagen y cada mirada mide, compara, evalúa.
Lo interesante no es elegir bando ni convertir esas escenas en caricatura generacional, sino observar lo que revelan. No hablan tanto de juventud o madurez como de identificación. En el primer espacio parece que el personaje pesa menos; en el segundo, el personaje se afianza y se defiende. Y ahí aparece el guion.
El guion es ese relato que asumimos casi sin darnos cuenta y que nos indica qué significa tener éxito, estar en forma, ser relevante o no quedarse atrás. No lo escribimos solos; lo heredamos, lo adaptamos y lo reforzamos cada vez que respondemos a la pregunta de quiénes somos mencionando antes el cargo que el nombre. En ese guión, el valor personal se vincula con el rendimiento, la imagen y la capacidad de demostrar que seguimos en la carrera.
Hace tiempo que Emma y yo dejamos de sentirnos cómodos con esa identificación automática, no por una decisión ideológica ni por una retirada romántica, sino porque la experiencia nos obligó a recolocar prioridades. Mi accidente fue uno de esos puntos de inflexión que interrumpen la narrativa prevista y te recuerdan que el cuerpo no entiende de planes estratégicos. Cuando algo así ocurre, muchas métricas pierden densidad y el guion, tal como estaba escrito, deja de resultar convincente.
Esa vivencia no nos convirtió en ajenos a la sociedad en la que vivimos, pero sí nos permitió observar con más distancia ciertas dinámicas que antes parecían naturales. La cultura del rendimiento, la comparación constante y la necesidad de proyectar una versión mejorada de uno mismo no son simples rasgos individuales, sino engranajes de un sistema que recompensa la exhibición y penaliza la pausa. El ego, en ese contexto, deja de ser una cuestión íntima para convertirse en infraestructura cultural.
Por eso la newsletter no me suena a reflexión espiritual aislada, sino a diagnóstico social. Cuando describe a personas que, tras haber alcanzado lo que el manual del éxito prometía, siguen sintiendo un vacío difícil de nombrar, no está señalando una debilidad personal, sino una grieta en el propio guiñó colectivo. El deseo asociado al personaje nunca se completa porque el personaje siempre necesita un nuevo objetivo para sostenerse.
En el club de golf la ligereza no proviene necesariamente de una mayor sabiduría, sino de una menor presión por demostrar. El mercado laboral ya no exige, la competencia pierde intensidad y el espejo deja de dictar normas con la misma severidad. Sin embargo, esperar a esa etapa para soltar el guion implica aceptar que durante décadas la identidad estuvo hipotecada al rol.
La pregunta incómoda es por qué como sociedad hemos normalizado esa identificación hasta el punto de considerarla saludable. Educamos para construir perfil antes que criterio, para destacar antes que comprender, para optimizar antes que habitar. No se trata de renunciar a la ambición ni de convertir la sobriedad en dogma, sino de revisar el punto de apoyo desde el que actuamos.
Cuando el motor principal es la validación externa, el equilibrio es frágil porque siempre dependerá de una comparación. En cambio, cuando el rol se entiende como herramienta y no como esencia, la relación con el éxito y el fracaso cambia de textura. Se puede trabajar con intensidad sin confundir el resultado con el valor personal, y se puede cuidar el cuerpo sin convertirlo en argumento identitario.
La newsletter menciona a un hombre jubilado que decide explorar estas cuestiones porque percibe inquietud en amigos que lo han conseguido todo según el estándar social. Ese gesto, lejos de ser anecdótico, revela que el problema no es marginal. Es estructural. Si la promesa de plenitud ligada al rendimiento no se cumple de forma consistente, quizá el error no esté en quienes no logran sentirla, sino en el propio diseño de la promesa.
No escribo esto como confesión personal ni como ajuste de cuentas con etapas pasadas, sino como observación de un clima. Hemos construido una cultura que sofisticó el personaje hasta hacerlo indistinguible de la persona, y ahora nos sorprende que la insatisfacción sea crónica. Tal vez la verdadera madurez colectiva consista en aprender a diferenciar con claridad el papel que desempeñamos del núcleo que lo sostiene.
El ego no es un enemigo a exterminar, sino una herramienta útil cuando ocupa su lugar. El problema surge cuando la herramienta dirige la obra y el guion se convierte en identidad rígida. Entonces cualquier desviación se vive como amenaza y cualquier comparación como juicio definitivo.
La reflexión que llega por correo no pretende ofrecer soluciones cerradas ni fórmulas de serenidad instantánea. Se limita a mostrar dos escenas y a sugerir que la ligereza no es fruto del azar, sino del desprendimiento. En un entorno que premia la visibilidad y la aceleración, quizá la verdadera rareza empiece a ser la capacidad de estar sin necesidad de demostrar, de hacer sin convertirlo todo en escaparate y de construir sin quedar atrapado en la narrativa construida.
Si esa capacidad no se cultiva antes, corremos el riesgo de llegar al final del recorrido con un personaje impecable y una identidad apenas explorada. Y eso, más que un problema individual, sería una consecuencia lógica de la sociedad que hemos decidido sostener.
¿Recuerdas que al principio dije que había un bonus?
Está justo debajo.
El post termina arriba. Esto es el postre.
Si sigues, es porque quieres.
Antes de dar paso al bonus track de este post os invito a leer mañana domingo la primera entrevista de la serie desayuno de domingo, donde cada semana se va a publicar una entrevista a un Administrador de Fincas Colegiado, espero que os resulte cuanto menos interesante, podéis ver algunas de las personas invitadas en el enlace a continuación:
