El día que entiendes que seguir aquí ya es suficiente
Hay accidentes que no te convierten en otra persona, pero sí te obligan a mirar con más calma lo que antes dabas por supuesto. A veces esa pausa no te aparta del oficio, al contrario, te permite entender mejor el sistema que llevabas años pisando sin tiempo para ordenarlo.
Mañana, día 9 de abril, a las 8:45 cumpliré dos años. Sí, ya sé que en mi documento de identidad pone que nací en junio del 78, pero si nos ponemos estrictos, el 9 de abril de 2024 a las 8:45 fue el día en el que volví a nacer, o al menos el día en el que entendí con bastante claridad que seguir aquí ya era suficiente motivo para recolocar unas cuantas cosas. La furgoneta que me cerró el paso al salir del semáforo no llegó a impactarme directamente, la caída sí llegó, la meseta tibial también, y con eso bastó para que durante bastante tiempo cambiaran los ritmos, las prioridades y la forma de medir el paso de los días. No hace falta adornarlo más: la diferencia entre un susto serio y algo mucho peor a veces está en unos centímetros, en un reflejo y en una secuencia de hechos que, cuando se mira después con frialdad, deja bastante claro que el resultado podría haber sido muy distinto.
Desde entonces hay una idea que aparece de vez en cuando, no con tono dramático sino con una sobriedad casi administrativa, que a estas alturas probablemente es la única forma útil de pensar algunas cosas: lo fácil que hubiera sido que todo fuese mucho peor. Y no lo digo por convertir esto en una historia de superación, que bastante daño han hecho ya esas narrativas fabricadas donde cada desgracia termina convertida en lección inspiradora, sino porque cuando uno repasa con algo de honestidad lo que suele ocurrir en impactos de ese tipo, entiende rápido que ahora mismo probablemente no estaría escribiendo estas líneas, o al menos no las estaría escribiendo desde el mismo sitio mental y físico desde el que las escribo. A veces basta con entender eso para que se ordenen muchas prioridades sin necesidad de discursos grandilocuentes.
Hace meses pensé en escribir sobre otra derivada de todo esto, sobre la soledad algo burocrática de la enfermedad cuando deja de ser aguda y empieza a instalarse como algo crónico, sobre esa sensación extraña de entrar en una especie de zona de mantenimiento donde el sistema médico ya no busca resolver, sino gestionar, esperar y ver. Pero ese es otro texto, y seguramente merezca salir en otro momento, porque tiene otro tono y otra herida. Hoy quiero contar otra cosa, o mejor dicho, quiero contar en qué he estado ocupando la cabeza mientras el cuerpo imponía sus propios límites temporales.
Cuando el ruido de la operativa baja, aunque sea por obligación y no por elección, ocurre algo curioso: no es exactamente que tengas más tiempo, es que tienes menos interferencia, y cuando la interferencia baja empiezas a ver mejor los patrones de fondo. Una de las cosas que más me inquietaban desde hace tiempo era lo poco que realmente sabemos de lo que pasa dentro de nuestros propios despachos cuando dejamos de mirar la jornada como una suma de llamadas, correos, urgencias e interrupciones y tratamos de verla como un sistema. No hablo de la sensación de haber tenido un día complicado o productivo. Hablo de otra cosa: de poder responder con cierto rigor a una pregunta aparentemente simple, esa que cualquiera que dirija un despacho se hace alguna vez cuando no puede estar en todo, y que sin embargo casi nunca tiene una respuesta clara. ¿Qué ha pasado hoy en la oficina?
No hace mucho comentaba que había conseguido conectar el programa de gestión que usamos en el despacho, FincasPlus Elite para más señas, mediante una revisión propia de su API a un MCP, con la idea de poder interrogar esos datos desde fuera, no para montar un espectáculo tecnológico, sino para obtener una visión útil de lo ocurrido, aunque fuera parcial, y mantener cierto pulso de la realidad cuando no puedes estar pegado a ella como antes. La inquietud de fondo era bastante más vieja que la lesión: manejamos una enorme cantidad de información, pero entendemos bastante menos de lo que creemos, no porque falten datos, sino porque faltan estructuras que permitan convertir esos datos en lectura operativa y no en puro ruido acumulado.
Esa ha sido, probablemente, una de mis obsesiones durante estos meses: intentar convertir actividad en conocimiento y, ya puestos, comprobar hasta qué punto el sector lleva años aceptando como normal una forma de trabajar donde casi todo queda registrado pero casi nada queda realmente entendido. La otra obsesión, que en el fondo no está tan lejos de esta, ha tenido más que ver con compartir la visión de otros compañeros, con enseñar lo que hay detrás de la fachada profesional, con sacar a la superficie ese oficio real que rara vez aparece en las presentaciones públicas. De ahí nacieron las entrevistas que publico los domingos, esa especie de café largo con otro compañero en el que lo interesante no es tanto qué herramienta utiliza o cuántas comunidades lleva, sino cómo piensa, cómo decide y qué ha aprendido a base de equivocarse, acertar y volver a empezar. Porque, a estas alturas, el conocimiento más útil del sector casi nunca está en los discursos formales, suele estar en las experiencias contadas sin maquillaje.
En paralelo a todo eso, también he ido viendo cómo la IA empezaba a aparecer como respuesta automática a cualquier problema del sector, especialmente al gran punto de fricción operativo de los despachos, que no es otro que la gestión de incidencias, y cuanto más escuchaba determinadas propuestas más clara tenía una sensación bastante sencilla: la IA se está empezando a vender como la solución universal a todos los problemas, incluidas las incidencias, cuando el problema real nunca ha sido la falta de IA sino la falta de estructura. Porque la realidad, como casi siempre, es bastante menos espectacular de lo que se cuenta en los folletos y en los discursos comerciales. Si colocas una capa de inteligencia artificial encima de un sistema que no tiene criterios claros de clasificación, no generas conocimiento, lo único que haces es acelerar el desorden y devolverlo con una apariencia más sofisticada.
Fue ahí donde apareció una idea que llevaba tiempo rondándome y que terminó convirtiéndose en una especie de reto personal: volver a una lógica que ya funcionaba desde hace décadas en otro ámbito, la del plan general contable, no por la contabilidad en sí, sino por lo que representa como estructura mental. La contabilidad, con todos sus dolores de cabeza, tiene una virtud indiscutible: obliga a clasificar la realidad de una forma coherente para poder entenderla, compararla y tomar decisiones sobre ella. Si eso funciona para ordenar la realidad económica de una empresa, parecía razonable intentar aplicar un principio parecido a algo mucho más cotidiano pero también mucho más caótico, la realidad operativa de un despacho de administración de fincas, donde las incidencias se acumulan, se repiten, cambian de forma, se mezclan unas con otras y terminan generando un histórico inmenso que casi nunca se convierte en conocimiento utilizable.
A partir de ahí el trabajo dejó de ser visible y empezó a ser interesante de verdad. Tocaba construir una taxonomía coherente, revisar más de diez mil incidencias históricas del despacho, comprobar si esa estructura resistía el contraste con la realidad, detectar patrones repetitivos, relaciones entre categorías, riesgos derivados, actuaciones asociadas y todo ese conjunto de señales que solo aparece cuando dejas de mirar casos aislados y empiezas a mirar series, recurrencias y pesos relativos. Intentar, básicamente, convertir histórico operativo en conocimiento medible, que probablemente sea una de las pocas ventajas reales que da acumular años de trabajo en un sector si uno se toma la molestia de ordenarlo.
La clave, sin embargo, estaba en decidir cómo debía funcionar ese modelo sin caer en la interpretación cambiante del sistema de moda, y ahí la conclusión fue bastante clara: ontofincas no debía clasificar por intuición de modelo, sino por reglas medibles. Su API es compatible con IA, sí, pero no necesita IA para funcionar. El núcleo se apoya en cálculos matemáticos, similitudes, agrupaciones de conceptos, casos de uso, ejemplos reales, sistemas de pesos y mediciones que permiten llegar a una valoración reproducible. Es, en esencia, un modelo operativo aplicado al lenguaje de las incidencias, donde cada clasificación intenta responder no solo al “qué”, sino también al “por qué”, y donde la trazabilidad importa tanto como el resultado. Esa diferencia, que puede parecer técnica, para mí es central: no quería una caja negra que adivinase, quería una estructura que explicase.
Eso no significa que la IA no tenga sitio. Significa exactamente lo contrario: que cuando existe una buena estructura, entonces la IA puede ser útil encima de ella. Por eso la idea siempre fue que la API fuese compatible con IA, pero independiente de ella en su núcleo, y por eso también apareció el GPT asociado, no como cerebro del sistema, sino como una capa complementaria para normalizar textos, facilitar interacciones y ayudar en esos puntos donde el lenguaje humano llega mal redactado, abreviado o contaminado por urgencias y prisas, que es, por cierto, como suele llegar la vida real. Primero la estructura, después las capas que puedan apoyarse en ella. Nunca al revés.
Además, una de las partes más interesantes del modelo es que no está cerrado ni terminado, porque sería absurdo pretenderlo. Está en evolución constante, reevaluando resultados, afinando pesos, mejorando descripciones, ajustando relaciones y corrigiéndose a medida que aparecen nuevos casos reales, que es exactamente como deberían evolucionar los sistemas serios: contrastándose con la realidad y no con la presentación comercial del momento. Y aquí había otra decisión de fondo que también me parecía importante dejar clara: la estructura debía ser de código abierto, porque los modelos conceptuales mejoran cuando se discuten, se revisan y se ponen a prueba; la API, en cambio, no, porque una cosa es compartir el armazón intelectual y otra distinta regalar sin más la implementación operativa que hay detrás.
Y de esa mezcla de pausa obligada, inquietud antigua, revisión estructural y muchas horas dándole vueltas a problemas que llevaba años viendo nace lo que hoy es ontofincas.pages.dev y todo lo que se articula a su alrededor. Puede que nadie lo use. Puede que a alguien le resulte útil. Puede que termine evolucionando hacia algo distinto. Pero, en el fondo, eso casi es secundario. Esto no nace como producto, nace como consecuencia, como consecuencia de haber tenido espacio mental para pensar sin la presión habitual de la operativa y de haber confirmado algo que con los años se repite bastante: antes de hablar de automatización quizá deberíamos hablar más de criterio, de clasificación y de coherencia operativa, porque cuando eso no existe la tecnología no arregla nada, solo acelera el caos.
Puede que esta herramienta no cambie nada a gran escala, y sinceramente tampoco creo que haga falta medirlo todo en términos de revolución, impacto o promesa de futuro. A mí me basta con algo bastante más modesto y bastante más útil: que cuando alguien tenga delante un problema real, pueda encontrar antes el camino hacia una solución que tenga sentido. Y si algo bueno ha salido de todo este tiempo raro, desordenado y a ratos exasperante, quizá sea precisamente eso, haber podido dedicarle cabeza a construir un puente entre incidencias, criterios y respuestas. Seguir aquí también cuenta, y a veces cuenta precisamente por eso.