A qué le regalamos nuestro tiempo
No todo lo que ocupa nuestro tiempo lo merece. A veces lo regalamos por inercia, otras por ruido, otras por costumbre. Y muy de vez en cuando lo entregamos a algo que no nos pide prisa, que no nos empuja, que simplemente acompaña y nos deja pensando un rato más de la cuenta.
A veces un post deja de ser solo un post y se convierte en conversación sin que te des cuenta. Me pasó el domingo pasado, escuchando El RoNpeolas, con la radio puesta mientras hacía otras cosas. El programa decidió empezar por el blog, así, en frío, sin anestesia: me nombraron, leyeron un fragmento del texto y desde ahí arrancaron la noche. Escucharlo así, colocado al inicio, tiene algo íntimo y extraño a la vez, no por el hecho de salir en la radio, sino por reconocer una idea propia dicha en otra voz y notar que encaja, que no chirría, como si el texto hubiese encontrado sitio sin pedir permiso.
Paréntesis necesario antes de seguir.
Al final del post hay un bonus para quienes están en la lista de correo.
Se llama «Un post a la semana, o cuando sale», es gratis, llega por mail y está pensada para leer con calma, lejos de gurús y del algoritmo.
Luego no digas que no avisé. Seguimos.
Lo que te deja ese momento no es exactamente orgullo, ni pudor, ni “mira qué casualidad”… es otra cosa más pequeña: un desplazamiento. Escribiste algo con tu ritmo, lo soltaste aquí, lo diste por cerrado, y de pronto vuelve convertido en voz. No se vuelve más importante, pero sí más físico. Te obliga a escucharte desde fuera, con otro tempo y otra respiración, y eso siempre ajusta.
También te recuerda algo obvio que se nos olvida con facilidad: que los textos no acaban donde se publican. A veces salen de la pantalla y empiezan a trabajar en otro sitio. En El RoNpeolas no sonó a palmadita ni a vitrina. Sonó a “vamos a empezar aquí”. El fragmento no estaba para adornar nada; estaba para abrir una conversación que ellos llevan tiempo sosteniendo con su propio lenguaje: rutina, normalidad, días que vuelven a encajar, la semana completa cayendo encima como cae cada enero.
De ese tramo del programa me quedó una idea sencilla: hay semanas que se te van sin que puedas señalar el momento exacto en el que decidiste algo. No es fatalismo, es constatación. La vida tiene corriente. Y cuando no hay fricción, te dejas llevar sin darte cuenta. La radio, cuando está bien hecha, no te saca de la corriente, pero sí te pone una mano en el hombro y te dice: «eh, estás aquí».
Con eso todavía rondando, al día siguiente me encontré con otra voz mirando al mismo sitio desde otro ángulo: Pablo Fernández (laurindel), en El Minicast. No lo llamaría coincidencia; prefiero hablar de sintonía. Hay temas que aparecen a la vez en lugares distintos porque estamos muchos con la misma sensación en el cuerpo.
El Minicast funciona, sobre todo, por lo que no intenta ser. No juega a estar en todas partes ni convierte cualquier idea en contenido por obligación. Es un formato concentrado, con intención, que no se alarga por inercia. Escuchándolo tienes la sensación de que Pablo no está “haciendo contenido”, sino pensando en voz alta desde su día a día. Y cuando aterriza en un tema, lo aterriza de verdad.
En el capítulo del 12 de enero habla del scroll infinito y lo resume con una frase que deja mal cuerpo por lo precisa que es: has visto mucho, pero no te has quedado con nada. Cierras la aplicación y te cuesta recordar qué acabas de consumir. No porque no tengas capacidad, sino porque el propio formato está diseñado para no dejar poso: encadenar, no parar, no permitir silencio. Mucho estímulo, poca memoria.
Con el scroll es fácil ponerse estupendo, porque el villano está claro y queda hasta educativo decirlo en voz alta. Pero lo que me dejó dándole vueltas el episodio no fue la parte obvia, sino otra más incómoda: que ese mismo gesto automático, el de encadenar y encadenar, también puede colarse cuando lo que tienes delante sí te importa.
Me acordé entonces de algo que dijo El RoNpeolas en un episodio anterior (no lo cito literal, pero la idea se queda): que el mejor regalo era música… y tiempo para escuchar esa música. No el objeto, no el fetiche, no la colección. El rato. La atención real. Y ahí aparece una paradoja muy actual: cuanto más música hay disponible, más difícil se vuelve regalarle tiempo, porque la abundancia convierte lo que amas en una lista infinita. Y la lista infinita, si no la miras con cuidado, se convierte en deuda.
Es una trampa fina, porque ya no tiene forma de reel. Tiene forma de “aprovechar”, de “no perderse nada”, de buen criterio cultural. Sin darte cuenta puedes tratar lo que te importa con el mismo gesto que tratas lo que te distrae: acumulando, saltando, tachando. Al final la pregunta no es cuánta música te falta por escuchar ni cuántos podcasts tienes en cola. La pregunta es a qué le estás dando un rato de verdad. Sin doble pantalla. Sin prisa. Sin estar ya en lo siguiente.
Por eso la pausa me interesa aquí, no como penitencia digital ni como retiro teatral, sino como fricción mínima. Ese segundo antes de abrir lo de siempre. Ese instante en el que eliges. Y por eso también me interesa la aclaración de Pablo sobre el “contenido lento”: lento no es largo, lento es intencional. Puede durar cinco minutos o quince. Lo importante es el después.
En El RoNpeolas hay otro matiz que remata bien esta idea: la culpa de perder la noción del tiempo haciendo algo que te gusta, como si estar a gusto fuese sospechoso. Mirar el reloj y sentir que has fallado en algo. Y luego el giro: quizá es bonito amanecer dos horas después siendo dos horas más viejo… pero también dos horas más feliz. Esa distinción, que parece pequeña, es crucial: no todo “aprovechar” es acumular, y no todo “perder” es desperdiciar.
Si algo me llevo de este cruce entre el blog, El RoNpeolas y El Minicast no es una conclusión cerrada ni una receta. Es una invitación sencilla, casi doméstica: esta semana, elige una sola cosa buena. Un episodio. Un disco. Un texto. Uno. No para cumplir un plan ni para mejorar tu identidad, sino para recuperar el gesto de escuchar de verdad. Y luego mira qué pasa.
Igual la diferencia no está en tener más tiempo, sino en dejar de regalárselo a lo primero que pase por delante.
¿Recuerdas que al principio dije que había un bonus?
Está justo debajo.
El post termina arriba. Esto es el postre.
Si sigues, es porque quieres.