48 palos

Cumplir años está sobrevalorado hasta que descubres que también sirve para pasar lista sin decir que estás pasando lista. Hay felicitaciones que abrigan, silencios que colocan y una edad en la que uno ya no tiene cuerpo para según qué teatro.

48 palos
Photo by Lan Gao / Unsplash

Cumplo 48 palos.

Así, dicho de golpe, parece menos grave que decir que cumplo 48 años, porque los años tienen una cosa muy de balance institucional, de repaso ordenado, de foto mirando al horizonte con media sonrisa y un café en la mano.

Los palos, en cambio, suenan más honestos.

Un palo no se celebra demasiado. Se encaja. Se recuerda. A veces se presume de haberlo sobrevivido y otras se deja en una esquina para no tropezar con él cada vez que pasas por el pasillo.

Y, siendo sinceros, en estos últimos tiempos ha habido de todo. Años, palos, vueltas, frenazos, cambios de ritmo, llamadas que sí, llamadas que no, silencios de esos que no hace falta explicar porque se explican solos y alguna que otra lección que, si me hubieran dado a elegir, quizá habría preferido aprender viendo un documental.

Pero la vida tiene ese punto tan suyo de no consultar agenda.

Uno llega a los 48 pensando que igual debería tener las cosas más claras y se encuentra con que lo único que tiene claro es que cada vez soporta peor la tontería. La propia y la ajena. Sobre todo la ajena, porque la propia al menos viene con garantía de origen.

A cierta edad ya no te apetece fingir tanto.

Fingir que todo está bien cuando no lo está. Fingir que te hace ilusión lo que te da una pereza infinita. Fingir que ciertas ausencias no importan. Fingir que todos estamos ocupadísimos, pobrecitos, atrapados por la vida moderna, cuando a veces la explicación es bastante más sencilla: la gente encuentra tiempo para lo que quiere encontrarlo.

Y ya está.

El cumpleaños tiene algo de prueba de esfuerzo social. Hay quien llama, quien escribe, quien aparece sin hacer ruido y quien no sabía nada pero, al saberlo, se molesta en estar. También hay quien no aparece, aunque lo esperases, y quien confirma elegantemente que hacías bien en no esperarlo.

Tampoco hace falta montar un comité de crisis por cada decepción. A los 48 uno empieza a entender que algunas personas no fallan: simplemente confirman. Y confirmar, aunque moleste, también es útil.

Estos últimos cambios de vida han tenido bastante de eso: de confirmar cosas.

Confirmar que el cuerpo no es una máquina obediente. Que puedes haber hecho planes muy majos y, aun así, levantarse un día y decirte: mira, chaval, hasta aquí. Confirmar que la salud no es una frase bonita de felicitación, sino una negociación diaria, a veces bastante cutre, con lo que puedes hacer, lo que no puedes hacer y lo que te empeñas en hacer aunque luego te pase factura.

Confirmar también que el trabajo, cuando se mezcla demasiado con la identidad, acaba teniendo llaves de habitaciones donde no debería entrar. Y que si todo depende de que tú recuerdes, tú arregles, tú expliques, tú sostengas y tú apagues el incendio, igual el problema no es que seas imprescindible. Igual el problema es que alguien ha montado el chiringuito sobre tu espalda y le ha puesto nombre de organización.

Esto, visto desde fuera, se llama responsabilidad.

Visto desde dentro, algunos días se llama otra cosa.

Y no la voy a escribir, porque todavía estamos en horario familiar.

Lo curioso es que cuanto más se mueve todo, más valor tienen las cosas menos vendibles. Comer en casa. Llegar sin traer la cara torcida de la oficina. No convertir cada conversación en una reunión. Pasear. Nadar. Entrenar al ritmo de tus limitaciones. Sentarte sin que el cuerpo te recuerde inmediatamente que tienes una pierna con memoria propia. Ver crecer a tus hijas y asumir que no, que no te han pedido permiso para hacerlo tan rápido.

También está esa parte absurda de seguir metiéndote en líos tecnológicos mientras dices que quieres simplificar la vida.

Porque claro, uno quiere vivir más tranquilo y, para conseguirlo, monta automatizaciones, servidores, copias, flujos, bases de datos, sistemas de conocimiento, pruebas con inteligencia artificial y alguna cosa más que empezó siendo “esto lo hago en media hora” y acabó ocupando una tarde, una noche y casi parte de tu dignidad.

Pero ahí seguimos.

Supongo que hay vicios peores.

Y, al menos, algunos de estos tienen la decencia de enseñarte algo. Por ejemplo, que casi todo lo importante necesita mantenimiento. Las máquinas, las relaciones, el cuerpo, la casa, la familia, los proyectos y hasta la paciencia. Sobre todo la paciencia.

Durante años pensé que cambiar era una cosa grande, visible, con fecha y casi con banda sonora. Ahora me parece que el cambio de verdad suele ser más discreto. Un día dejas de contestar igual. Otro día dices que no. Otro día aceptas que no puedes seguir funcionando como antes. Otro día entiendes que apartarte de ciertas dinámicas no es cobardía, sino una forma bastante sensata de no acabar convertido en combustible ajeno.

Cambiar, a veces, es dejar de estar disponible para todo.

No desaparecer.

No volverte borde profesional, aunque tentaciones haya.

Simplemente dejar de regalar presencia donde solo se valora cuando falta.

Y en medio de todo esto llega el cumpleaños. La felicitación. El mensaje. La llamada. El “que pases buen día”. El “a ver si nos vemos”. Esa frase maravillosa que todos decimos sabiendo que, en muchos casos, significa exactamente lo contrario: no nos vamos a ver, pero queda educado dejar la puerta apoyada.

También llegan los mensajes que sí importan.

Los de quienes saben estar sin montar ceremonia. Los de quienes no necesitan escribir mucho para hacerse presentes. Los de quienes llaman aunque no sepan muy bien qué decir. Los de quienes se acuerdan, no porque una red social les haya soplado la fecha al oído, sino porque de alguna manera sigues estando en su mapa.

Y eso, con 48 palos, empieza a pesar más que muchas otras cosas.

Así que gracias a quienes, de una forma u otra, han querido formar parte de estos 48 palos y de esta nueva vuelta al sol que empieza ahora.

Gracias a los que han estado cerca. A los que han estado lejos, pero han sabido aparecer. A los que han llamado. A los que han escrito. A los que preguntan sin convertir la pregunta en un interrogatorio. A los que no sabían nada y, cuando lo supieron, hicieron ese gesto pequeño que separa la cortesía de la presencia.

Y gracias también a algunos silencios.

No a todos, tampoco nos vengamos arriba.

Pero sí a los suficientes como para recordar que la vida también se ordena por descarte. Que no todo el mundo tiene que seguir en primera fila. Que hay afectos que cambian de sitio. Que hay nombres que pasan a otra estantería. Y que, llegado cierto punto, uno agradece mucho a quienes se quedan, pero también empieza a agradecer que algunas personas se hayan explicado solas.

Los 48 no vienen con revelación.

Vienen con menos paciencia para el teatro, menos miedo a incomodar, menos ganas de justificar cada decisión y una sospecha bastante fundada de que la vida no mejora por hacer más cosas, sino por dejar de hacer unas cuantas que te estaban dejando seco.

No sé si esto es madurar, igual es simplemente tener más criterio.

Pero tampoco me parece mal plan para esta nueva vuelta al sol.