Roza el reloj la medianoche, estoy haciendo mi ruta habitual y mientras hago el recorrido voy escuchando podcasts. El día, al igual que la semana, ha sido intenso y no me ha quedado un rato para ponerme al día con mis escuchas diarias, hace tiempo que dejé atrás la música en estos recorridos y la cambié por los podcasts, estas píldoras periódicas me permiten estar al día de muchas cosas, y otras veces me permiten pensar en cosas en las que no había caído.

Este ha sido el caso de hoy, mientras escuchaba el capítulo del lunes de Emilcar  en el que, como él mismo dice en la descripción del capítulo.

Hoy toca un capítulo algo existencialista, en el que el reflejo que me devuelve de mí un espejo motiva toda una serie de reflexiones sobre mi situación personal y el avance de la tecnología que nos rodea.

Aunque os recomiendo la escucha de sus capítulos "con pasión ribereña" os voy a resumir la escena que nos plasma Emilio, Varón de cuarenta y pico años que baja a tirar la basura un viernes tarde  y se queda pensando en la imagen que le devuelve el espejo mientras escucha podcasts en sus auriculares inalámbricos conectados a su reloj que bien podría hacer de teléfono al tener una eSIM y que tras tirar la basura tendrá que poner a cargar su vehículo eléctrico.

Como bien dice, estamos viviendo en el futuro y no nos damos cuenta, y estas reflexiones hacen pensar a este varón de cuarenta y pico años que escucha podcasts en sus auriculares inalámbricos conectados a su reloj mientras hace su ruta nocturna antes de acostarse, aunque en mi caso no tengo que poner a cargar (todavía) un vehículo eléctrico. Y aunque pueda encontrar ciertas similitudes entre Emilio y este fiel oyente, me viene a la cabeza el drama vivido el lunes, casualmente el mismo día en que Emilio publicaba este capítulo.

Es cierto que vivimos en un mundo digital, que todo está conectado que si la tecnología falla nos volvemos locos para hacer lo que antes hacíamos de otras maneras, pero es no menos cierto que cuando fallan las cosas no conectadas nos volvemos todavía más locos. Sirva como ejemplo el caos existencial que viví el pasado lunes cuando al llegar a la oficina no encontré las llaves, pese a estar seguro de haberlas metido en la bolsa donde las llevo, caos que se acrecentó al llegar a casa y ver que allí tampoco estaban, lo que me llevó a recorrer tres de los seis kilómetros que separan mi casa del trabajo por si las hubiera perdido en ese trayecto.

Al llegar a los tres kilómetros desistí de buscarlas, me di por rendido, habían pasado casi diez horas desde que había hecho ese trayecto y las esperanzas de encontrarlas abandonadas en la cuneta no sólo eran casi nulas, sino que disminuían a cada paso que daba. Desanimado decidí llamar a casa para decir dónde estaba, que no las había encontrado y que me volvía. En ese momento me di cuenta que en mi ansia por encontrar las llaves había salido sin teléfono, sin cartera, sin nada...

En el camino de vuelta, abatido y pensativo me di cuenta de esa gran dependencia que tenemos de cosas tan pequeñas, un llavero, un móvil, una conexión... y de lo frágiles que son estas cosas, un simple descuido nos podía dejar desvalidos al no saber cómo gestionar nuestra vida sin estas comodidades.

Sentí por unos instantes volver años atrás, cuando los móviles no eran algo imprescindibles, cuando salías de casa, y hasta que no volvías, o llegabas a tu destino estabas desconectado del mundo. No se si eran tiempos mejores, no me atrevería a decirlo así, lo que si que se es que eran tiempos diferentes cuyas vivencias nos llevaron al punto en que hoy estamos.

P.D. Las llaves aparecieron, el desconectarme del mundo durante ese rato me permitió conectarme con mis recuerdos y así descubrí que las había dejado dentro del coche dos días antes, y que allí estaban.