Pasan unos minutos de la una de la madrugada, veo cómo pasan los minutos uno tras otro, siento cómo pasan los segundos en el tic-tac del reloj de mi hija que duerme plácidamente a tan sólo unos metros.

Oigo cómo la gata pasea a sus anchas por la casa, sabedora de que nadie va a interrumpir sus paseos nocturnos, paseos que al escuchar el sonido de las teclas en la oscuridad se ven interrumpidos mientras mendiga una caricia que la haga ronronear.

Pasan los minutos, la noche se convierte en eternidad y yo envidio a aquellos que disfrutan en brazos de morfeo a aquellos cuya mente y cuerpo dan tregua en estas horas de la noche que lentamente se convierte en día.

Lo que daría por encontrar en este instante descanso para mi dolorido cuerpo o mi ajetreada cabeza, encontrar un remanso de paz que durante unas horas, siempre cortas, me permita afrontar un nuevo día con el optimismo de aquellos que han dormido una noche de tirón.


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