Dicen, no sin razón, que los ojos son el espejo del alma y puede que sea por eso por lo que no nos resulta a veces fácil mirar, o que nos miren a los ojos.

Puede que sea por tocar las narices, o quizá porque me gusta asomarme a esa ventana que representan los ojos de mi interlocutor que me suela perder en su mirada, intentando ver más allá de lo que la voz me transmite.

Lo realmente divertido empieza cuando intercambias una mirada con alguien que no conoces y con el que ni siquiera estás conversando, y mucho menos interactuando. Cuando por ejemplo cruzas la mirada con alguien que está parado en la calle mientras estás parado en un semáforo con tu moto.

La otra persona sabe que la estás mirando, pero no es hasta que hace contacto visual que es plenamente consciente de que eres tú el que está mirando, en ese preciso instante notas como algo se estremece en la otra persona, cambia la postura, se tensa, mueve la cabeza y por fin aparta la mirada.


Quizá sea por cosas como esta por lo que me gusta tanto la fotografía, el poder capturar los ojos de una persona en un instante único e irrepetible, poder captar su esencia, o al menos parte de ella.

Me encanta hacer retratos, que alguien se ponga delante de mi cámara y me deje asomar a la profundidad de sus ojos, ver el interior de su alma... Que le vamos a hacer, para mi algo tan aparentemente simple como es el contacto visual resulta imprescindible en mi día a día, y porqué no decirlo, me lo paso bien mosqueando a la gente cuando estoy parado en el semáforo, soy así de cabrito majo...